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Preston North End se enfrenta a un fin de semana decisivo en el Championship

Preston North End entra ya en una semana que huele a decisiva, pese a que la temporada apenas ha echado a andar. Suena exagerado en septiembre, pero el clima alrededor del club empuja a pensarlo así.

El malestar en la grada venía de antes del primer balón. El inicio de campaña no ha hecho más que alimentar los temores. El equipo sigue sin ganar en los 90 minutos tras cinco partidos y mira a todos desde abajo en la clasificación del Championship, incluso por detrás de un rival que arrancó con puntos negativos. Ese dato lo dice todo.

La única chispa de alegría llegó en la Copa, con un empate agónico y una victoria en los penaltis ante un Huddersfield Town de categoría inferior, en Goodison Park. Un alivio mínimo para una afición que, en las últimas semanas, ha visto a su club sufrir dentro y fuera del campo.

El martes, Deepdale miraba tanto al césped como a un palco concreto. Mientras el mercado de fichajes apuraba sus últimas horas y Preston caía 3-1 ante Bristol City, la atención se desviaba hacia el palco ejecutivo. Allí se encontraba el director ejecutivo de PNE, Peter Ridsdale, acompañado por otros responsables del club, cerrando operaciones a contrarreloj.

De ese despacho salieron dos movimientos: la llegada de Johnny Kenny, por una cifra cercana a los 3 millones de libras, y la cesión por una temporada de Liam Gibbs. Dos caras nuevas para un vestuario necesitado de aire fresco.

Sin embargo, el anuncio en las pantallas del estadio, en pleno partido, no desató precisamente euforia. La reacción en PR1 fue tibia, casi fría. Tal vez injusta con dos futbolistas que aún no han tenido ocasión de pisar el césped con la camiseta blanquiazul, pero sintomática del estado de ánimo general.

Mientras tanto, un viejo conocido no regresó. El ex capitán Alan Browne, vinculado durante semanas con un posible retorno, se quedó en el norte, pero con otro escudo: continúa en el Sunderland de la Premier League. Una operación que, en gran medida, escapaba al control de North End.

Con la ventana de fichajes ya cerrada, el foco se estrecha sobre lo que viene este fin de semana: el derbi de Lancashire ante Blackburn Rovers. Cada día que pasa, el partido gana peso. Y presión.

La frustración entre los seguidores crece. El registro de Paul Heckingbottom al frente de PNE no lo coloca precisamente por encima de sus predecesores. El arranque de curso no ha servido para convencer a los escépticos, y ahora le espera un Rovers muy mermado por las bajas, pero en un contexto que no admite excusas.

La grada de Preston no es distinta a la de cualquier otro club: cuando el aficionado toma una decisión sobre un entrenador, resulta muy difícil hacerle cambiar de opinión. Y el desapego ya se nota.

En Deepdale, la apatía de los Lilywhites casi siempre ha sido la antesala del final para el hombre en el banquillo. Cada derrota que se acumula no solo suma cero puntos. También le resta crédito al técnico. El sábado, en un derbi cargado de tensión, Preston North End no solo se juega tres puntos. Se juega la temperatura de toda su temporada.