Leboeuf critica a Mbappé: ego sobre equipo
Kylian Mbappé vive otro año descomunal en lo estadístico, pero el debate que le rodea ya no va de goles. Va de ego, de ambición y de la delgada línea entre el hambre de títulos y el culto al yo.
El delantero francés firmó 42 tantos con el Real Madrid la pasada temporada, se llevó su segundo trofeo de máximo goleador en LaLiga y destrozó registros con su selección en el Mundial 2026. Ya es el máximo artillero histórico de Francia, con 66 goles, y nadie ha marcado más que él en la gran cita de la FIFA: 22 dianas y sumando.
Sin embargo, el gran brillo de los números contrasta con la falta de trofeos importantes. Y ahí se tuerce la narrativa.
Goles sin copas, votos que se escapan
Mientras Harry Kane, Rodri, Lamine Yamal o Khvicha Kvaratskhelia se asientan en la primera fila de candidatos, muchos ya pronostican otro descenso de Mbappé en la votación del Balón de Oro. El francés ha hablado en público, sin rodeos, de por qué considera que el título de “mejor jugador del planeta” debería llevar su nombre. Sus palabras, sin embargo, no están calando como él esperaba.
A sus 27 años, el capitán de Francia recibe un mensaje claro desde su propio país: menos Balón de Oro, más equipo. Un ejemplo que se repite en cada análisis es el de su rival de Clásico, Raphinha. El brasileño, con 14 goles esta temporada en el Camp Nou, se ha reconvertido a ‘nueve’ y proyecta justo lo contrario: sacrificio colectivo.
Frank Leboeuf, exinternacional francés, lo resumió con crudeza en declaraciones a GOAL, en colaboración con Mr Gamble. La comparación fue directa.
Nadie discute que Mbappé sea un ‘9’ más contrastado que Raphinha. Lleva casi una década marcando a ritmo de estrella. El brasileño apenas empieza en ese rol. Pero, para Leboeuf, el matiz no está en la posición, sino en la intención.
Todo lo que hace Mbappé, dice, parece pensado para él mismo. Con Raphinha, en cambio, se percibe que cada acción nace del colectivo. Ahí, insiste, reside el problema.
Cuando el delantero del Real Madrid verbaliza su deseo de ganar el Balón de Oro, para Leboeuf se enciende la alarma. No por la ambición en sí, sino por la forma. Salir a los medios para expresar esa voluntad le parece “molesto” y, sobre todo, munición para sus críticos. Ellos le tildan de egoísta, y él, con ese discurso, les da argumentos.
Mientras el Real Madrid no juega bien ni encadena victorias, el foco de Mbappé en el galardón individual chirría. El mensaje de Leboeuf es sencillo: primero ganar partidos, títulos, marcar con tu equipo; luego, si llega, ya llegará el premio.
Su receta es clara: hablar de LaLiga, de la Champions, de objetivos compartidos. No del Balón de Oro. El exdefensa admite que algunos le acusarán de envidia por no haberlo ganado nunca, pero asegura estar tranquilo. Le gusta Mbappé, lo admira como futbolista, pero considera que cada vez que abre la boca ante los micrófonos, se juega su imagen.
El Balón de Oro, atado a la Champions
Si Mbappé quiere, por fin, abrazar ese Balón de Oro esquivo, el camino parece pasar por la Champions League. Un título que se le resiste y que, paradójicamente, sí han encadenado sus antiguos compañeros de Paris Saint-Germain, campeones de Europa en las dos últimas ediciones.
Desde Madrid, el francés observa cómo el club que dejó atrás levanta la copa que tanto ansía. Y mientras, su nuevo equipo arranca la temporada 2026-27 con más dudas que certezas.
El Real Madrid, ahora bajo el mando del ‘Special One’ Jose Mourinho en su regreso al banquillo blanco, no termina de convencer. El fútbol no fluye, los resultados no asustan y la sensación es que la decimosexta Copa de Europa se aleja más que se acerca.
Leboeuf no se atreve a sentenciar al equipo tan pronto, pero tampoco regala optimismo. Recuerda que el PSG también tropezó en los inicios de curso en Ligue 1 y en la propia Champions en los dos últimos años… hasta que despertó en diciembre y arrasó a todos.
Esa es la esperanza que deja caer para el Madrid: que Mourinho encuentre la tecla a tiempo.
Mourinho, la presión del pasado y un vestuario complejo
El excentral francés fue especialmente duro al analizar el derbi del fin de semana. No entiende cómo el Atlético de Madrid acabó el partido con once jugadores sobre el césped y el Real Madrid con diez. Asume la expulsión del jugador blanco, pero señala dos acciones rojiblancas que, a su juicio, merecían roja directa.
En ese contexto, se alineó con Mourinho. Para Leboeuf, bastaría con enseñar las imágenes para explicar el enfado del técnico, sin necesidad de rueda de prensa.
Su crítica no se detuvo ahí. Señaló a los colegiados de VAR en Inglaterra, Francia y España, a los que exige una reacción inmediata. “No está funcionando”, vino a decir. Un diagnóstico que se escucha cada vez con más fuerza en los grandes campeonatos europeos.
Sobre el propio Mourinho, Leboeuf recordó lo que supuso su regreso en 2013: un cambio de mentalidad, un Real Madrid duro, agresivo, competitivo hasta el límite. Un equipo que ganaba imponiéndose físicamente, mentalmente, y que abrazaba ese estilo sin complejos.
Volver a ese punto no será cuestión de semanas. Y el francés duda de que el técnico portugués pueda repetir aquella obra con la actual generación. Habla de egos en el vestuario, de mentalidades difíciles de moldear, incluso para alguien con la personalidad de Mourinho. Cambiar lo que él define como “mentalidad egoísta” no será tarea sencilla.
Barcelona, el contraste de la cultura colectiva
Mientras tanto, al otro lado del puente aéreo, el Barça ofrece el contraste perfecto. Leboeuf subraya una idea: en Barcelona existe una cultura de juego colectivo que se mantiene desde Johan Cruyff, o incluso antes. Medio siglo, quizá más, con un mismo principio: jugar juntos, aunque haya genios sueltos.
Nombres como Pep Guardiola, Ronald Koeman y ahora Hansi Flick aparecen en su relato como guardianes de esa filosofía. El Barça no siempre defiende bien, concede ocasiones, pero marca tantos goles que resulta inabarcable para sus rivales. Es espectáculo puro. Y, para Leboeuf, eso también es fútbol: una belleza que nace del grupo, no del individuo.
En el Madrid de Mourinho, la idea será distinta. El portugués no esconde su gusto por un fútbol más áspero, más pragmático. Ya lo hizo una vez y funcionó. La pregunta es si puede repetir la fórmula en un contexto radicalmente distinto, con estrellas moldeadas en una era donde la marca personal pesa tanto como el escudo.
Ahí se cruzan las dos grandes historias que rodean hoy a Mbappé: un club que busca reencontrar su identidad competitiva y un delantero que persigue la corona individual definitiva.
Para Leboeuf, el camino es inequívoco. Si Mbappé quiere que el mundo le vea como el mejor, primero tendrá que convencer a los suyos de que todo lo que hace, lo hace por el equipo. Solo entonces, quizá, el Balón de Oro dejará de ser una obsesión… para convertirse en una consecuencia.






