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Mundial 2023: Debate sobre el formato y los rivales de Francia

La última semana de este Mundial arranca sin balón rodando, pero con ruido por todas partes: en los despachos de la FIFA, en los bares medio vacíos, en los debates sobre quién puede frenar a Francia y, cómo no, en la eterna discusión sobre quién es el mejor de la historia.

En medio de una pausa de 63 horas sin partidos, el fútbol sigue llenando conversaciones, dudas y certezas. El césped descansa; el juego, no.

Infantino mira a 64: ¿más Mundial o demasiado Mundial?

La propuesta vuelve a escena: un Mundial con 64 selecciones. Una idea que, de entrada, provoca rechazo instintivo en buena parte del aficionado. Más partidos, más sedes, más negocio. Pero también más países, más historias, más acentos en los himnos.

El argumento a favor es claro: la distancia entre la selección número 48 y la 64 del ránking no es abismal. El salto de calidad no se hundiría. A cambio, se ganaría algo que muchos reclaman: volver a un formato en el que solo los dos primeros de cada grupo avancen. Nada de terceros colándose por la puerta de atrás tras ganar al rival más flojo y poco más. Menos calculadora, más filo competitivo.

El problema aparece cuando se mira fuera del campo. Alojar a 64 selecciones exige estadios, hoteles, ciudades enteras adaptadas, centros de entrenamiento, estructuras mediáticas. Un Mundial así reduce de forma drástica el número de países capaces de organizarlo sin colapsar. El riesgo es evidente: torneos rotando siempre entre los mismos gigantes.

El dilema está servido: el torneo se hace más limpio en lo deportivo, pero más excluyente en lo logístico. Y en el fondo de todo, una sensación incómoda: cuando Gianni Infantino empuja una idea, el aficionado sospecha que el balón no es lo único que se está inflando.

Europa se rebela: ¿quién puede parar a Francia?

Entre tanto debate de formatos, la pregunta deportiva del momento es otra: ¿hay alguien capaz de frenar a esta Francia?

España aparece como la candidata más seria. El regreso de Rodri a un nivel cercano al de antes de su lesión cambia el tono del equipo. Con él mandando en la base del juego, la selección gana control, ritmo y una autoridad silenciosa que sostiene al resto. Falta, eso sí, una versión más dominante de Lamine Yamal, que aún no parece al cien por cien físicamente. España tiene fútbol, tiene balón y tiene una idea. Le falta rematarla con colmillo.

Inglaterra ofrece un contraste interesante. Tiene piernas y talento para correrle por encima a Francia en el centro del campo, para imponer un ritmo físico que incomode incluso a los de Didier Deschamps. Pero la zaga inglesa sigue dejando dudas. Ante un ataque que castiga cada desajuste, la sensación es que, tarde o temprano, el error llega. Y Francia no suele perdonar segundas oportunidades.

Argentina, por su parte, se sostiene en la figura de Lionel Messi y en una competitividad feroz, pero el centro del campo no parece al nivel de las otras grandes candidatas. Falta peso, falta capacidad para mandar el partido desde ahí. En un torneo donde el control del mediocampo decide casi todo, esa carencia se paga.

Francia mira a su alrededor y ve rivales, no amenazas inevitables. Por ahora.

Portugal, un Ferrari en manos de un conductor conservador

En paralelo, el foco también apunta a Portugal. No tanto por su eliminación, sino por la sensación de oportunidad perdida. Roberto Martínez dispone de un mediocampo de doble campeón de Champions, con Bruno Fernandes por delante, y aun así el equipo ha ofrecido un fútbol plano, sin filo, sin riesgo.

Dejar fuera a Bernardo Silva o sustituir a Bruno temprano rara vez es la respuesta a un problema. Bruno necesita tiempo en el campo porque es un futbolista que vive de insistir, de probar hasta que algo sale. Si se le resta veinte minutos, se reduce también la probabilidad de que aparezca la jugada que cambia un partido. Y si además se le obliga a bajar hasta la línea defensiva para iniciar juego, se le aleja de la zona donde realmente marca diferencias.

La pregunta, entonces, es inevitable: ¿cómo es posible tener tanto talento junto y ser tan previsible? Portugal ha jugado el torneo como si llevara el freno de mano echado.

Mourinho, siempre en el centro del escenario

Mientras tanto, el nombre de José Mourinho vuelve a ocupar portadas. Muchos pensaban que, a estas alturas, ya estaría al frente de una selección, quizá precisamente de esta Portugal cargada de talento. No ha sido así. En lugar de eso, se abre de nuevo la puerta del Bernabéu: Real Madrid apuesta otra vez por el técnico que marcó una era de conflicto, títulos y tensión permanente.

La idea de Mourinho al frente de la actual Portugal resulta inevitablemente tentadora. Orden, jerarquía, un plan claro para noches grandes. Viendo lo que ha ofrecido el equipo con Martínez, cuesta creer que el listón pudiera caer mucho más bajo. En cualquier caso, el regreso de Mourinho a un gigante europeo garantiza algo: nadie mirará hacia otro lado. Será espectáculo. Para bien o para mal.

Mientras tanto, una serie sobre su figura aterrizará en Netflix. El personaje sigue siendo contenido. Y contenido de alto voltaje.

Messi, Diego y la vara imposible de medir

En este Mundial que vive bajo la larga sombra de Lionel Messi, el recuerdo de Diego Maradona vuelve una y otra vez. Para muchos, Messi es el mejor de todos los tiempos: su regularidad, su longevidad, su capacidad para dominar durante más de una década y media no tienen comparación. Los números le sostienen.

Pero hay quien mira a México 86 y responde con otra vara de medir. Lo que hizo Maradona en aquel mes, y en la temporada posterior llevando al Napoli a su primer scudetto, roza algo que va más allá de la estadística. Su segundo gol a Inglaterra, esa carrera que rompe el concepto mismo de “juego colectivo”, dejó a una generación convencida de que aquello podía repetirse. No fue así. Nadie lo ha vuelto a hacer con esa mezcla de velocidad, control y desafío.

Maradona demostró que, a veces, el fútbol sí puede ser un juego de uno contra todos. Messi, que también puede serlo, pero durante quince años seguidos. ¿Cómo se compara lo incomparable?

Inglaterra, Messi y un viaje que vale una vida

Más allá de los debates tácticos y las pizarras, el Mundial sigue generando historias que explican por qué este torneo mantiene su magnetismo. Una de ellas nace en Manchester, pasa por París y aterriza en Atlanta.

Un aficionado inglés, padre de cinco hijos y con otro en camino, se pasó días masticando una idea tan ilógica como irresistible: reservar entradas para la semifinal antes de saber siquiera si Inglaterra estaría allí. Cuando su pareja dio el visto bueno, no dudó. Entradas para él y su hijo de ocho años, vuelo con escala en París, hotel junto al estadio. Precios desorbitados, nervios desatados.

Vio el partido clasificatorio casi sin mirar, escondido detrás de sus propios dedos. Al final, perdió la voz. Su hijo, en cambio, ganó algo mucho más grande: la posibilidad de ver en directo a Inglaterra y quizá, con algo de suerte, el último partido de Messi con su selección. Hay decisiones que no admiten hoja de cálculo. Se toman desde el estómago.

Ese es el tipo de recuerdo que un Mundial fabrica sin esfuerzo. Y que dura décadas.

Bares llenos en televisión, cajas medio vacías en la realidad

El torneo también ha puesto bajo el foco a un viejo protagonista: el pub británico. Se asume que un Mundial es sinónimo de barras abarrotadas, pantallas gigantes y cajas registradoras echando humo. No siempre es así.

El Shovel Inn, en Stourbridge, el pueblo donde nació Jude Bellingham, ofrece la otra cara. Su dueño, Steve Hopkins, lleva en el negocio desde los 18 años y ha vivido seis Mundiales detrás de la barra. Casi todos fueron un impulso para la facturación. Este, no. La gente llega tarde, a última hora, o directamente se queda en casa. El cambio de costumbres tras la pandemia ha calado. Donde antes el local se llenaba cuatro o cinco horas antes del inicio, ahora el goteo es tímido.

Para un pub de este tamaño, una buena noche significa unos 3.000 libras de caja. Hopkins calcula que, si llega a 1.000 en esta semifinal, podrá darse por satisfecho. Después del torneo, se marchará del negocio. Cansancio, cambios de hábitos, una forma de vida que se apaga lentamente.

Mientras algunos bares celebran el repunte de clientes, otros firman su última gran noche con la selección de fondo. El Mundial también deja derrotados lejos del césped.

Entre exámenes, debates tácticos y amistades cruzadas

El Mundial se vive en capas. Hay quien presume de haberse visto 12 de los primeros 15 partidos pese a estar en época de exámenes. Otros recuerdan el “efecto IPL” en el críquet, cuando las ligas y los contratos acercan tanto a los rivales que insultarse en el campo deja de tener sentido. El pique sigue gustando, pero también la camaradería entre jugadores de clubes distintos, algo cada vez más visible en la NBA y que se asoma al fútbol de élite.

En el plano táctico, se discute si Reece James debería ser titular en el lateral derecho ante Argentina, con Nico O’Reilly en la izquierda, y cuánto pierde Inglaterra sin poder contar con Lewis Hall o Luke Shaw. Se analiza el papel de John Stones: gran futbolista, sí, pero con dudas como defensor puro ante delanteros como Julián Álvarez o Lautaro Martínez, y con la incógnita eterna de cómo contener a Messi sin velocidad punta ni oficio específico para perseguir fantasmas.

Hasta los roces puntuales, como el cruce de palabras entre Thomas Tuchel y Jude Bellingham en un momento de alta tensión y alivio, parecen condenados a quedar en anécdota. Dos profesionales que viven para ganar, que se necesitan mutuamente, difícilmente prolongarán una discusión nacida en pleno incendio emocional.

Una semana sin balón, un juego que no sabe parar

El Mundial entra en su recta final con un silencio extraño: tres días sin partidos en plena ebullición de historias. Se discute sobre formatos, se cuestiona a seleccionadores, se reabre el eterno juicio sobre Messi y Maradona, se cierran pubs y se abren aeropuertos para padres que cruzan medio mundo con un niño de la mano.

No hay fútbol en el césped, pero el torneo no se ha detenido. La pregunta es otra: cuando la FIFA termine de estirar el Mundial hasta el límite, cuando las selecciones sean 64 y el calendario apenas deje respiro, ¿seguirá habiendo espacio para estas historias que hacen que todo lo demás merezca la pena?

Mundial 2023: Debate sobre el formato y los rivales de Francia