La historia del USMNT en el Mundial de Qatar
La noche antes del debut del USMNT en el Mundial de Qatar, Gregg Berhalter apagó el ruido y encendió la historia. Reunió a los 26 jugadores en un círculo y les lanzó un dato que pesaba más que cualquier charla táctica: un número.
A cada uno le asignó uno. No era el dorsal. Era su lugar en la línea del tiempo de la selección en los Mundiales.
«Para mí fue el 152», recuerda Walker Zimmerman. «Era el jugador 152 en representar a Estados Unidos en un Mundial». Lo pensó un segundo y se dio cuenta de lo que significaba: apenas 151 futbolistas antes que él en toda la historia. Un club minúsculo. Más aún si lo reduces por posición, por minutos, por titularidades. De golpe, el vestuario dejó de ser solo un vestuario. Era un salón de honor.
Una generación que llegó junta
Para muchos, el peso de ese momento venía de lejos. Tyler Adams, Christian Pulisic y Weston McKennie llevaban años creciendo juntos en selecciones juveniles, pasando del sueño adolescente al encargo adulto de sacar al USMNT de las ruinas de 2018. Tim Weah, Josh Sargent y Sergiño Dest tenían su propia colección de recuerdos de categorías inferiores. En Qatar ya no eran solo compañeros: eran capítulos del mismo libro.
«Esos son los mejores recuerdos», dice Adams. «Por eso jugabas al fútbol de niño, para llegar a ser profesional. Ahora tengo momentos increíbles como pro, pero lo que viví con Weston de pequeño siempre va a valer más. Es el camino hasta allí, más que el lugar en el que estamos ahora».
Cuando arrancó el torneo, el romanticismo duró poco. Todo se aceleró. No hubo gira de amistosos, ni semanas de aclimatación. Los jugadores aterrizaron desde sus clubes y, casi sin respiro, se encontraron en el escenario más intenso de sus carreras.
«Es todo tan rápido», admite Tim Ream. El formato comprimido, los partidos a las 10 de la noche, los horarios trastocados: acostarse a las tres de la mañana, desayunar al mediodía, almorzar a las cuatro, entrenar de noche. Incluso en días sin partido, el cuerpo vivía en horario Mundial. Una burbuja.
Algunos intentaron frenar el reloj como pudieron. «Trabajé mucho con mi coach mental», cuenta Sargent. «Sabía que iba a ser estresante, que iba a estar nervioso, pero quería parar, respirar hondo, ser agradecido y absorberlo todo».
No siempre fue posible. Tres partidos de grupo en ocho días. Gales, Inglaterra, Irán. Entrenamientos, noches cortas, sesiones de recuperación, el ritmo extraño de una ciudad que respiraba fútbol las 24 horas. «Mirando atrás», confiesa Haji Wright, «el Mundial fue como un delirio. Pasó volando».
Joe Scally lo vivió desde otro ángulo. No jugó un solo minuto, pero ni desde el banquillo se escapaba la magnitud del torneo. «Un Mundial es un Mundial», dice. «No hay nada mejor en el deporte. Estar allí fue increíble, pero también me encendió por dentro. Veía a los chicos salir, el himno, el estadio lleno, todo el planeta mirando… y yo quería estar ahí dentro. Formaba parte, sí, pero no en el campo».
Tres goles para la historia
Antes de Qatar, solo 22 futbolistas estadounidenses habían marcado en un Mundial. Tres más se unieron a esa lista en 2022. Tres historias distintas, tres maneras de recordar el mismo vértigo.
El primero fue Tim Weah. El gol que abrió el torneo ante Gales, servido por Pulisic y definido con frialdad, fue mucho más que un 1-0. Fue la declaración de que Estados Unidos había vuelto al gran escenario. Para Weah, fue la materialización de un sueño que llevaba años ensayando en su cabeza.
«Soñé con ese gol durante años», cuenta. «Imaginaba cómo sería, cómo celebraría. Y cuando pasó… fue mejor todavía. Jugar un Mundial ya era un sueño. Marcar en uno… es una sensación increíble».
Luego llegó el turno de Pulisic. Tras el 0-0 contra Inglaterra, el partido ante Irán era una final encubierta: ganar o hacer las maletas. El 10 del USMNT respondió con un gol que le costó el cuerpo. Se lanzó a por un balón en el área, lo empujó a la red y chocó con el portero Alireza Beiranvand. Resultado: gol, clasificación, una lesión de pelvis y un viaje directo al hospital.
No hubo celebración icónica, ni fotos eternas con el equipo, ni vuelta olímpica. Solo dolor y una videollamada al vestuario cuando todo había terminado. «Hubiera sido un momento enorme», explicó Pulisic tiempo después. «Me habría vuelto loco celebrando con el equipo, pero no pude. Tuve que festejar tumbado dentro de la portería. No lo cambiaría. Quiero ganar torneos, eso es lo que la gente recordará».
El tercer goleador, Haji Wright, vive su tanto con una mezcla parecida de orgullo y espina clavada. Su gol ante Países Bajos, un toque extraño, casi accidental, que se coló en la portería y dio vida al 2-1, llegó en medio de una noche que terminó en eliminación, 3-1 y vacío.
«Fue una locura», relata. «Cuando entró, sentí que el partido podía cambiar, que íbamos a tener otra ocasión. Pero no fue así. Después, solo quedas hecho polvo. Has soñado toda tu vida con eso, y de repente estás fuera. Casi ni pienso en el gol. Lo que recuerdo son las emociones después».
Con el tiempo, los tres han ganado perspectiva. Las redes sociales mantienen vivos esos segundos: repeticiones, reacciones desde casa, vídeos de bares llenos en Estados Unidos. «Veíamos las reacciones online», dice Weah. «La gente en casa, cómo gritaban cuando yo marcaba o cuando lo hacía Christian… te das cuenta del impacto que tienes, de lo que representas».
La otra cara del Mundial: silencio, burbuja y familia
Los goles son la banda sonora. Pero para muchos, los recuerdos que más pesan no llegaron con el pitido inicial, sino mucho después, cuando las cámaras ya se habían ido.
DeAndre Yedlin lo sabe bien. En 2014 era el novato. En 2022, el único superviviente de aquel equipo. Después de cada partido, lideraba un pequeño ritual: volver al campo con varios compañeros, caminar sobre el césped vacío, respirar.
«La adversidad se multiplica por diez cuando siempre hay una cámara y todo el mundo opina», decía en 2024. «Necesitas encontrar un espacio de paz. Al final, por duro que suene, estamos entreteniendo a la gente. Eso puede inspirar, dar esperanza, pero sigue siendo eso. Hay que mantener la perspectiva: somos diminutos en el gran esquema de las cosas y, al mismo tiempo, jugamos un papel enorme. Es difícil de comprender».
En ese equilibrio vivieron muchos. Algunos se alejaron del teléfono. Otros intentaron memorizar cada detalle. Unos solo conservan flashes. «Quise estar lo menos posible en el móvil y vivir el momento con los chicos», explica Sargent. «Siento que recuerdo cada detalle». Ream, en cambio, habla de «visión de túnel»: foco absoluto, memoria fragmentada.
Lo que nadie olvida es el escenario. Qatar no se parecía a nada que hubieran vivido. El llamado a la oración atravesando Doha, los zocos tradicionales al lado de estadios nuevos, una ciudad entera girando al ritmo de los partidos.
«Disfruté cada segundo», dice Matt Turner. «Era una cultura que nunca había experimentado. Escuchar la llamada a la oración me parecía algo pacífico, reflexivo. Pensaba: ‘Ahora mismo todo el mundo está con su fe’. Era especial estar en una tierra tan lejana, todos juntos, con todo lo que habíamos pasado en la clasificación. Teníamos una burbuja muy sólida».
Doha también era una burbuja. Siempre había otro partido, otro bus de aficionados, otra bandera en el horizonte, otro ruido en la calle. Dest buscó su propio mirador: la azotea del hotel.
«Vivía en el momento», recuerda. «Me sentaba, tomaba agua y miraba a la gente disfrutar. Banderas, gritos, partidos. Pensaba: ‘Esto es’. Abría la ventana de mi habitación, salía al balcón y escuchaba el sonido de la vida. Eso es lo que más echo de menos».
Dentro del hotel, la banda sonora cambiaba: partidos en la televisión, noches de cine, billar, ping-pong, videojuegos, charlas interminables en la Players’ Lounge, el verdadero corazón del Mundial para el grupo.
Alojados en The Pearl, en el Marsa Malaz Kempinski, sin traslados entre sedes, el lugar se convirtió en algo parecido a un hogar. Tanto que Yunus Musah volvió al año siguiente solo para revivirlo.
«Era como un viaje al pasado», contó en 2025. «El olor, la vista, todo. Caminaba por el hotel y sentía que volvía a vivir esos momentos del Mundial. Para mí fue la mejor experiencia de mi vida».
Tyler Adams habla de la Players’ Lounge como un santuario. «Teníamos tanto tiempo juntos que nos permitió conectar de verdad. Ver partidos, estar sin ruido, solo nosotros. Gregg dio prioridad absoluta a la camaradería. Sentí que me hice aún más cercano a compañeros que ya consideraba hermanos».
Ese vínculo se forjó a base de competición constante. Si no había fútbol en la tele, había algo en juego. «Sean Johnson y DeAndre Yedlin tenían un estilo de billar rarísimo», ríe Zimmerman. «Casi no golpeaban la bola y buscaban que perdieras haciendo scratch. Te quedas con esos momentos. Con las horas fuera del campo».
Cristian Roldan apenas pisaba su habitación. «Quería estar siempre con los chicos en la lounge, no dar nada por sentado. Entrenar, estar allí, ver a mi familia disfrutar…».
Porque la familia también formaba parte del torneo. No solo en las videollamadas. En las gradas. En los pasillos del hotel. En cada sacrificio acumulado a lo largo de años.
Zimmerman recuerda el debut ante Gales. Mientras sonaba el himno, buscó con la mirada la grada de familiares. Padres, madres, hermanos, parejas, hijos. «La historia de cada uno está ligada a ese grupo de gente que hizo sacrificios para que llegáramos ahí», dice. «Verlos tan orgullosos fue un momento especial. Era un gracias silencioso».
En los pocos ratos de respiro, muchos jugadores sentían que solo entonces podían «tomar una foto mental», como explica Ream: sentarse con esposa e hijos, respirar y entender dónde estaban. Esos encuentros, además, acercaron familias que llevaban años cruzándose solo de pasada. «Nos unió a todos aún más», apunta Weah. «Ya éramos cercanos, pero compartir tiempo con las familias, conocer sus vidas… eso no se olvida».
Para algunos, la motivación cambió de forma. Varios son padres ahora. Otros han visto crecer a sus hijos y entender mejor lo que significa que su padre juegue un Mundial. Roldan lo vive con una claridad nueva: «Quiero que mi hija me vea jugar, no solo estar en el banquillo. Eso me empuja a alargar mi carrera al máximo nivel».
Sebastian Berhalter, en cambio, vivió Qatar como hijo. Un aficionado con apellido en el banquillo. «Fue la única vez que me sentí un ultra», bromea. «Ver a tu padre entrenar contra las mejores selecciones del mundo… es algo que no se olvida».
La herida abierta de Reyna y los ausentes
No todos los recuerdos de 2022 son dulces. Para Gio Reyna, Qatar fue una mezcla incómoda de frustración y aprendizaje. Llegó tocado físicamente, con un rol menor del que esperaba, y las emociones se desbordaron. Su caso, su respuesta en los entrenamientos, y el conflicto posterior que acabó sacando a la luz un antiguo caso de violencia doméstica de Gregg Berhalter, se convirtieron en uno de los episodios más turbulentos de la historia reciente del USMNT.
Años después, con Berhalter ya fuera y Mauricio Pochettino al mando, Reyna intenta mirar hacia delante. «Éramos muy jóvenes, quizá inexpertos», admite. «Nos tocó una Holanda más madura y se notó. Aprendí muchísimo. Ahora se trata de hacer lo que sea para ayudar al equipo. Es tu país entero compitiendo. Y este Mundial es en casa. Sería un sueño estar ahí».
Su lección es clara: un Mundial no solo recompensa, también expone. Y no es el único que llega a 2026 con cuentas pendientes.
Miles Robinson tenía el billete prácticamente sellado hasta que su talón de Aquiles dijo basta en mayo de 2022. Sin opción de recuperarse a tiempo, se enfrentó a una decisión: esconderse del torneo o vivirlo como aficionado. Eligió lo segundo. «Estaba en la calle viéndolo, animando, de fiesta», recuerda. «Quería sentir esa energía real».
Chris Richards no tuvo ese tiempo de aceptación. Una lesión muscular con Crystal Palace, a semanas de la lista, le dejó fuera por muy poco. «Estaba en Londres, viendo a los chicos romperla en el Mundial», cuenta. «Feliz por ellos, pero para mí fue… soledad. No quería saber nada de fútbol. Sentía que me habían arrancado un sueño justo antes».
Mark McKenzie sufrió otro tipo de golpe: el de la lista definitiva. Nada de lesión. Simplemente, no estar. «Me destrozó», admite. «Es un puñetazo en el estómago. Pero también te pone la vida en perspectiva. Había puesto tanto peso en eso que perdí un poco quién era, dejé de fijarme en los pequeños detalles que debía mejorar».
De prólogo a examen final
Desde entonces, el tablero ha cambiado. Berhalter cerró su etapa tras la Copa América 2024. Pochettino es ahora quien elige a los 26 que vivirán el próximo gran viaje. No será uno más. El Mundial de 2026, en casa, marcará un antes y un después para el fútbol en Estados Unidos. Y nadie lo sabe mejor que los que pasaron por Qatar.
Tyler Adams notó el impacto al volver a Nueva York. «De repente, la gente me reconocía por la calle», cuenta. «En una ciudad en la que nunca pensé que eso pasaría. Tenía a mi primer hijo en camino, intentaba equilibrar vida personal y profesional. No fue un problema, pero sí algo que tuve que aprender a manejar».
Ese será el reto colectivo ahora: gestionar la presión de ser anfitriones en un país donde el fútbol todavía está creciendo. «Es una sensación increíble, pero también una responsabilidad», admite Weston McKennie. «La gente te ve en redes, en la tele, y tienes que ser consciente del ejemplo. Ojalá muchos vean que hay un camino, aunque no sea igual que el mío, el de Christian o el de Chris Richards. Lo importante es creer en uno mismo y apostar por uno mismo siempre».
En las próximas semanas, 26 jugadores volverán a escuchar un número al oído. Algunos ya saben lo que significa un Mundial. Otros lo descubrirán. Unos serán protagonistas, otros no jugarán un solo minuto. Todos, sin excepción, quedarán unidos para siempre.
Los de 2022 ya lo están. Para algunos, Qatar fue un capítulo. Para otros, el punto de inflexión de sus vidas. «Entiendo cuando la gente dice que es emocionalmente agotador», admite Haji Wright. «Cuando se acabó, sentí que el fútbol me había cambiado. Ahora persigues esa sensación otra vez. Es difícil encontrarla fuera de un Mundial. Parece que fue ayer. Y el siguiente ya está aquí».
Matt Turner lo resume con la ambición desnuda de quien ya probó ese escenario: «Tuve experiencias increíbles. Por eso necesito volver. Quiero esa sensación otra vez».





