ligahoy full logo

La evolución del fútbol europeo: de la Copa de Europa a la Champions League

El 16 de septiembre de 1987, el Napoli de Diego Maradona aterrizó en el viejo Chamartín convertido en escenario de juicio. Enfrente, el Real Madrid de La Quinta del Buitre, dueño del continente en cuanto a aura, si no en cuanto a títulos. Era la ida de la primera ronda de la antigua Copa de Europa. Sonaba grande. Duró poco.

El Madrid ganó 2-0 en casa. En la vuelta, en un San Paolo encendido y convencido de la remontada, el 1-1 selló la eliminación de I Partenopei. Afuera casi antes de haber llegado. Un golpe deportivo, sí, pero también un aviso para el nuevo fútbol que asomaba.

En otro despacho, lejos del césped, alguien tomó nota. Silvio Berlusconi, entonces dueño de un emergente AC Milan, no estaba dispuesto a correr el mismo riesgo: ver a uno de los grandes favoritos caer en septiembre, sin tiempo para rentabilizar ni expectativas ni inversión. No le gustó nada el adiós prematuro de Maradona y su Napoli. Menos todavía la idea de que algo así pudiera repetirse con su propio club.

De ahí nació una obsesión. Berlusconi empujó la idea de una superliga europea, un torneo cerrado de gigantes, blindado frente a sobresaltos tempranos. Aquel proyecto no cristalizó, pero asustó a la Uefa lo suficiente como para ceder terreno. Cinco años después, la Copa de Europa se transformó en la Champions League.

Parecía el final del camino. No lo fue. Nunca lo es.

Primero llegaron las plazas extra para las grandes ligas. Ya no bastaba con el campeón: dos, tres, cuatro… ahora, en algunos casos, hasta cinco representantes por país. Más grandes, más veces, más dinero. Y cuando ese modelo se quedó corto para las ambiciones de los de siempre, apareció el formato suizo, la última vuelta de tuerca a la lógica de Berlusconi: muchos partidos entre los más ricos, casi todos rentables, casi ninguno con el filo inmediato de la eliminación.

Gabriel Hanot, el periodista que imaginó la primera competición continental, lloraría hoy lágrimas amargas al ver en qué se ha convertido su criatura. El resto, resignado o entregado, no tiene otra que sentarse y disfrutar de un Real Madrid v Internazionale.

Y qué fácil es hacerlo. El fútbol es víctima de su propio brillo.

El duelo trae su propia novela. José Mourinho, de nuevo en el alambre, se presenta con otro “último baile” por demostrar que todavía le queda algo del hechicero que dominó Europa. En el otro banquillo, Cristian Chivu, uno de sus antiguos discípulos, recién instalado en el cargo en el Inter, trata de construir su propia obra allí donde su viejo jefe firmó quizá el trabajo más redondo de su carrera.

No se acaba ahí la noche. En Dortmund, el Westfalen se prepara para mirar de cerca a Konstantinos Karetsas, mediocentro de 18 años que ha irrumpido con una autoridad impropia de su edad. Su Borussia se cruza con el Villarreal, que llega con la eterna etiqueta de equipo incómodo, capaz de arruinar cualquier guion prefijado.

Mientras tanto, en Porto, el Manchester City entra en escena con la familiar presión de quien ya no compite solo por ganar, sino por repetir. Cada tropiezo se mide en decibelios. Cada victoria, en rutina. En Lille, el Real Betis busca abrirse hueco en un territorio que no le concede margen para la distracción: aquí los errores se pagan, aunque el nuevo formato se empeñe en amortiguarlos.

¿Qué significa todo esto en una temporada tan inflada de partidos, fases y clasificaciones cruzadas? Cuesta encontrar el contexto entre tanta oferta. Pero el negocio no espera explicaciones: millones de ojos se fijan en cada control, en cada carrera, en cada gesto de Mourinho en la banda o en cada toque de Karetsas en la medular.

Y por debajo de ese escaparate continental, otra competición bulle. La League Cup asoma en paralelo, con sus horarios de siempre, sus campos menos glamurizados y esa mezcla de rotaciones, oportunidades y tropiezos sonoros que, año tras año, alimenta historias inesperadas.

Noche de multitarea: pantallas partidas, radios encendidas, notificaciones en cascada. League Cup a las 19.45/20.00 BST, Champions League a las 20.00 BST. El calendario ya no deja respirar, pero la pregunta real es otra: ¿alguien quiere, de verdad, levantar el pie del acelerador?