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Equipo de fútbol inclusivo se prepara para los Special Olympics

En una calurosa tarde de julio, mientras la selección de Inglaterra persigue el sueño de un Mundial en Nueva York, otro tipo de ambición futbolística se cocina lejos de los focos. No hay gradas abarrotadas ni cámaras internacionales, pero sí nervios, ilusión y camisetas sudadas en un rincón arbolado de Central Park, en pleno corazón de Scunthorpe, North Lincolnshire.

Bajo la sombra de los árboles, un grupo de jugadores con discapacidad intelectual se deja la piel en cada ejercicio. No entrenan por hobby. Se preparan para pelear por el oro en los Special Olympics GB National Summer Games, que se celebrarán en el Alexander Stadium de Birmingham entre el 26 y el 30 de agosto.

De un pequeño grupo a un equipo con identidad

El equipo nació hace unos diez años en Bottesford Town Football Club. Al principio, estaba formado solo por jóvenes adultos con síndrome de Down. Hoy, el grupo se ha abierto a jugadores con autismo, TDAH y otras discapacidades de aprendizaje. Lo que empezó casi como una apuesta familiar se ha convertido en un proyecto deportivo sólido, con estructura, método y, sobre todo, identidad.

Cuando estos futbolistas comenzaron, daban pasos tímidos: un pase corto, una carrera contenida, una conversación en voz baja. Ahora visten sus propios colores, ocupan el campo con autoridad y se mueven con la seguridad de quien sabe que pertenece a un equipo de verdad.

Mientras completan rondos, tiros a puerta y jugadas ensayadas, se percibe algo que no se mide en estadísticas: el salto en confianza, la forma en que se hablan, se corrigen y se animan. Son detalles pequeños que, sumados, explican por qué este grupo ha llegado hasta aquí.

Jake, los córners y un objetivo claro: el oro

Jake lo tiene clarísimo. Cuando se le pregunta cómo se siente ante la cita de Birmingham, su respuesta sale sin titubeos: se siente feliz. Su papel en el campo también lo tiene bien definido: se encarga de sacar los córners. Y no solo eso, se permite incluso dar consejos sobre cómo “enroscar” el balón hacia la portería.

Ya sabe lo que es subir a un podio. En 2017 ganó la plata en los Special Olympics. Esta vez se marca un listón más alto: quiere dos goles y una medalla de oro colgada del cuello. Nada de conformarse.

Detrás de esa ambición hay una historia de lucha familiar. Su madre, Sue, ha estado con el equipo desde el primer día. Ha organizado rifas, se ha encargado de desplazamientos, ha buscado recursos. Su otro hijo, Aiden, también con discapacidad, está aprendiendo a entrenar al grupo. En esta familia, el fútbol no es solo un deporte; es una vía de autonomía, de relación, de vida.

Sue recuerda bien el origen de todo. Jake adoraba el fútbol, pero el contexto “mainstream” le quedaba lejos. El ritmo, las exigencias, la dinámica de los equipos convencionales le hacían imposible seguir el juego. Así que decidió llamar a la puerta de Bottesford Town FC para pedir algo muy simple y, a la vez, enorme: una oportunidad.

Para Jake, poder jugar fue “algo muy grande”, resume ella. No era solo chutar un balón. Era pertenecer. Ser uno más. Y ese “uno más” se ha convertido en un grupo entero.

Más que fútbol: amistades, carácter y un club volcado

Con el paso de los años, el equipo no solo ha mejorado en lo táctico y lo técnico. Ha tejido lazos. Las amistades se han hecho más fuertes, los jugadores se conocen de memoria, se entienden con una mirada. La pelota une, pero lo que queda es la relación que se construye alrededor de ella.

Sue lo cuenta desde la experiencia de madre. Cuando nace un hijo y llega el diagnóstico de una discapacidad, se abre un territorio desconocido. Ella se prometió que sus hijos tendrían acceso al máximo de experiencias posible. El fútbol ha sido una de las más poderosas.

Bottesford Town FC ha respondido con algo más que buena voluntad. Ha puesto instalaciones, tiempo y apoyo real. El equipo entrena en un pabellón cubierto y juega todo el año sobre una superficie 4G que ha sido clave para su desarrollo. Ese césped artificial se ha convertido en su escenario de crecimiento.

Golpes, pandemia y una carrera contra el reloj

El camino no ha sido lineal. En 2021, el equipo fue aceptado para participar en los juegos. La ilusión duró lo que tardó en llegar la noticia de la cancelación por la pandemia de Covid-19. El golpe fue duro. Algunos jugadores, como Jake, acusaron el parón. Menos entrenamientos, menos rutina, menos contacto con el grupo. Costó recuperar el ritmo.

Y cuando por fin se confirmó la edición de este año, apareció otro reto, quizá el más complejo lejos del césped: reunir 10.000 libras para cubrir viaje y alojamiento de dos equipos. Una cifra enorme para una estructura que vive de la iniciativa y el esfuerzo de familias, voluntarios y el propio club. Cada libra recaudada es un paso más hacia Birmingham.

Mientras tanto, el trabajo en el campo se ha intensificado. El entrenador, Michael Potts, habla de una preparación que “se está acelerando” y de un vestuario “emocionado” ante lo que viene. El 4G ha sido su aliado silencioso, permitiendo sesiones constantes, sin depender del clima.

Con la ampliación del grupo a jugadores con diferentes tipos de discapacidad intelectual, el cuerpo técnico ha tenido que reinventarse. Adaptar ejercicios, ajustar ritmos, encontrar la forma de que todos se sientan útiles y protagonistas. No es un simple entrenamiento, es un traje a medida para cada futbolista.

Un portero con mensaje para Inglaterra

En la portería manda Mason. Seguro bajo palos, orgulloso de una defensa que define sin dudar: “roca sólida”. Lo dice con una convicción que no necesita adornos.

Cuando se le pregunta qué haría para mejorar la defensa de la selección masculina de Inglaterra, no se complica. Su receta pasa por entrenar duro y por un detalle que a veces se olvida: que el portero se concentre en sacar bien el balón con la mano, en iniciar el juego con criterio. Sencillo, directo, puro fútbol.

Mason llega a Birmingham con una parada decisiva en la mochila: detuvo un penalti en su última competición. Ese momento le alimenta el sueño. Él también apunta al oro.

En la línea defensiva, Taylor aporta experiencia. Lleva diez años en el equipo y se nota en cómo se mueve, cómo habla en el campo. Dice que la preparación va bien y lanza un mensaje a cualquiera que dude si dar el paso: entrenar duro. Su propia predicción para el torneo no es tímida: ve cuatro goles en su horizonte.

Un parque, un equipo y un futuro abierto

Al caer la tarde, el sol baja y las sombras se alargan sobre el césped. El ruido de los coches se mezcla con las voces de los jugadores, las órdenes de los entrenadores, el golpe seco del balón contra la red.

De regreso por el parque, basta girar la cabeza para entender lo que se está gestando allí. No es solo un grupo de futbolistas con discapacidad intelectual afinando su puesta a punto. Es un equipo que entrena con una seriedad que desmiente cualquier condescendencia. Hay pasión, hay profesionalidad, hay objetivos claros.

Dentro de unas semanas, esos mismos jugadores saldrán al Alexander Stadium con el escudo en el pecho y la mirada fija en el podio. Ya saben lo que es levantarse tras los golpes, ya han aprendido a esperar. Ahora, por fin, les toca competir.

La próxima vez que alguien cruce ese parque y se encuentre con ellos, quizá vea medallas colgando de sus cuellos. O algo todavía más grande: sueños que ya no son promesas, sino realidad. La única incógnita es cuántos de esos sueños estarán cumplidos cuando vuelvan de Birmingham.