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Chris Richards: liderazgo y futuro en Crystal Palace

Chris Richards no necesita que le pregunten dos veces por la Copa del Mundo. Le mencionan el torneo y, de inmediato, se le agolpan escenas en la cabeza. Sí, están las clásicas: los sobrevuelos, los goles, las celebraciones. Pero las que más regresan últimamente no tienen nada que ver con el césped.

Son las congeladas fuera de la cancha.

“Christian [Pulisic] nos compró relojes a todos y lo hicimos afuera”, recuerda Richards. “Hicimos un pequeño redoble de tambor y todos pasaban al frente e hicieron algo estúpido antes de recibirlo. Todos recuerdan ese momento porque era como volver a ser niños y disfrutar los unos de los otros. Había esa energía nerviosa antes del primer partido, pero así es esto”.

En Qatar, Richards mató el tiempo sobre todo con Timothy Weah y Mark McKenzie. Veían programas como Pop the Balloon o Find Love, tostaban malvaviscos en las fogatas frente a sus habitaciones, ponían música. Rutinas casi banales que, precisamente por eso, les permitían olvidarse del fútbol, ser ellos mismos y construir algo que él define con una sola palabra: hermandad.

“Lo principal es que construimos esa hermandad, y eso nunca nos lo podrán quitar”, dice.

El Mundial que casi se le escapa

Esa hermandad, sin embargo, estuvo a punto de vivirla desde el sofá. Tras quedarse fuera en 2022, el defensa volvió a temer lo peor por una lesión de tobillo en la previa del torneo. Durante semanas, muchos cruzaron los dedos. El Mundial pendía de un hilo. ¿Lo sintió él también?

“Diría que sí y no”, admite ahora, con una sonrisa. “He tenido lesiones de tobillo antes, así que entendía lo que hacía falta para llegar a un nivel de juego y, si las cosas se ponían feas, iba a tener que tomar un buen analgésico. La parte buena es que al final casi no tuve que tomar nada.

“Para mí, no importaba lo que hiciera falta. Iba a jugar este Mundial, sobre todo después de perderme el anterior. No había forma de que me perdiera este torneo”.

Ese susto le cambió la cabeza. A los 26 años, Richards piensa más que nunca en su cuerpo, en cómo cuidarlo, en cuánto se juega en cada detalle.

“Lo digo yo mismo, pero creo que cuando llegué a Palace no hacía necesariamente las cosas más profesionales en cuanto a recuperación, nutrición y todo eso”, reconoce. “A veces las lesiones son inevitables, pero he intentado incorporar cosas fuera del campo que me ayuden dentro del campo”.

Una de esas herramientas es el sensor de glucosa Stelo, que lleva pegado a la piel.

“Lo he estado usando y ha sido muy bueno, claro, para lo que pasa en el campo, pero la mayor diferencia la noto fuera porque van de la mano, la nutrición. Creo que crecí un poco. El metabolismo empieza a ir más lento, ya no soy el mismo chico de antes”.

El verano terminó en cuanto la USMNT cayó ante Bélgica. Nada de vacaciones eternas. Richards no se quedó mucho tiempo en casa antes de volver a Londres. Sabía perfectamente qué podía provocar una pausa demasiado larga.

“Volver a casa, comer comida americana”, dice entre risas, “puede hacerte algo”.

Un Palace lleno de mundialistas y un rol nuevo

Cuando regresó a Crystal Palace, el equipo ya estaba en plena pretemporada. También era un vestuario con historias similares a la suya: 13 jugadores del club disputaron el Mundial. Solo cinco equipos en el planeta llevaron más futbolistas al torneo.

El recibimiento fue distinto. Más respeto, menos sorpresa.

“Siento, bueno, creo que siento una especie de nueva confianza del equipo”, explica. “Tuve un buen Mundial, pero creo que todos estábamos viendo a todos en el Mundial. Ves jugar a tus compañeros, vuelves y todos tienen este nuevo respeto por el de al lado, por el que lo hizo bien o simplemente por el que estuvo allí”.

El contexto en Palace, sin embargo, ha cambiado. Se han marchado piezas clave. El grupo se recompone sobre la marcha. Y en medio de ese reajuste, se acerca otro parón internacional que devolverá a Richards al modo USMNT. Esta vez, con una sensación distinta.

“Creo que la razón por la que se siente un poco más nuevo”, dice, “es que ahora tengo a chicos como Zavier aquí conmigo en Palace”.

Zavier Gozo llegó este verano desde Real Salt Lake. Mismo pasaporte, distinto punto del camino. Richards admite que no sabía qué esperar. Se da por hecho que dos compatriotas harán clic de inmediato, pero el fútbol no siempre respeta los guiones fáciles. ¿Encajarían sus personalidades? ¿Funcionaría su liderazgo con un chico que acaba de aterrizar en Europa? ¿Qué podrían aprender el uno del otro, compartiendo zonas del campo?

“Creo que cuando un chico joven llega a un equipo como este, eres un poco cauteloso, sobre todo si es de tu país”, cuenta. “Siempre está eso de: ‘Tienes que cuidarlo’. Pero algo que ha sido increíble al verlo es que no le teme a nadie.

“Mucha veces los chicos jóvenes juegan como chicos jóvenes. Él juega muy maduro, y creo que eso le ha ayudado”.

Sin saberlo, Gozo también ha empujado a Richards. Con 40 internacionalidades, un Mundial a la espalda y su nombre entre los candidatos a llevar el brazalete en el ciclo hacia 2030, el defensa ya no es el novato que mira de lejos la lista de convocados. Está arriba del todo en la jerarquía. Gozo, en cambio, pelea por subirse a ese tren.

Su explosión en la MLS llegó unos meses tarde para Qatar, pero su debut con la USMNT parece cuestión de tiempo. Y esa hambre le recuerda a Richards su propia carrera.

“Se ve cómo mira a la selección como el objetivo máximo”, asegura. “Para mí, tener la perspectiva de alguien que busca su primer partido con la selección es lo que lo ha hecho refrescante. Entender que ahora empieza un ciclo nuevo. Vienen las eliminatorias, cosas con las que no tuvimos que lidiar el ciclo pasado”.

El último central en pie

Gozo no es el único que mira hacia Richards en Palace. Con la plantilla en plena transición, el estadounidense se ha convertido en uno de los jugadores más importantes del club.

Guehi se marchó en invierno. Lacroix le siguió este verano. De la zaga titular que levantó trofeos históricos en temporadas consecutivas, solo queda Richards. El último central en pie.

Es un rol al que ha ido creciendo poco a poco y que ahora asume con naturalidad mientras el club incorpora caras nuevas para reemplazar las que se fueron.

“Entendiendo que hemos perdido a algunos chicos y que posiblemente lleguen otros, ha sido bueno dar ese paso al rol de liderazgo que creo que ya he tenido con la selección”, explica. “Eso me ha preparado para este rol en Palace. Se trata de ser más vocal… Los chicos me miran buscando guía, no solo en lo que digo, sino también en lo que hago.

“Diría que ha sido un reto, pero no uno del que me esconda. Es un nuevo desafío y algo de lo que, en mi carrera, realmente quiero seguir aprendiendo y creciendo”.

El contexto deportivo también ha cambiado. Palace ya no es el club que mira la tabla con miedo. En 2025 rompió una espera de 119 años sin grandes títulos levantando la FA Cup. Este año añadió la Conference League y con ella, plata europea. Eso deja huella.

La mentalidad, dice Richards, ya es otra.

“Quizá hace cuatro años, cuando llegué al club, estos no eran objetivos que viéramos como realistas o ni siquiera cosas que pusiéramos en el pizarrón”, reconoce. “Ahora hemos ganado títulos dos años seguidos y ya conocemos ese sabor. Queremos seguir.

“Cuando escuchas de nuevos fichajes o hablas de la cultura del club, ahora se refieren a nosotros como un equipo que gana trofeos… Esto, hace dos, tres, cuatro años, no estaba en el radar. Y ahora que lo hemos hecho, queremos continuar y dejar el club mejor de lo que lo encontramos”.

Richards es parte central de ese plan. Y quiere seguir siéndolo.

Durante casi toda su vida, y especialmente en los últimos cuatro años, el final del camino parecía clarísimo: la Copa del Mundo. Ese casillero ya está marcado. Ahora la brújula vuelve a señalar el día a día, el desgaste silencioso de la temporada de clubes. En un Crystal Palace que pierde figuras, se reinventa y vuelve a empezar, Richards quiere ser lo contrario al ruido: una constante.

“Quiero seguir siendo un líder aquí en Palace”, afirma. “Y ojalá ser una parte importante de otra temporada que traiga un trofeo a este club. Con la selección, me encantaría capitanear a mi país en este ciclo y llegar a otro gran torneo en cuatro años. Sería increíble”.

La otra vida: una niña, un skyline y aviones

Fuera del campo, sus prioridades están claras. Todo gira alrededor de su hija pequeña. La paternidad no tiene parones internacionales ni finales de temporada.

“En lo personal, seguir viendo crecer a mi hija”, dice. “Creo que es de las mejores cosas de la vida: ver a una persona que es mitad tú y mitad tu pareja crecer y convertirse en alguien propio. Ha sido increíble verla ganar pequeñas frases, pequeños gestos”.

Desde su apartamento se ve el skyline de Londres. Para su hija, el paisaje tiene un protagonista absoluto.

“Cada vez que pasa un avión, se vuelve loca”, cuenta, casi enternecido. “Se queda mirando por la ventana 20 o 30 minutos sin pestañear. Cosas así, después de días duros de trabajo, hacen que sea fácil llegar a casa y simplemente disfrutar”.

Disfrutar, sí. Pero sin recrearse en lo logrado. Richards no se detiene a pensar en legado. No todavía. No se ve como un símbolo, aunque su nombre ya está grabado en una etapa histórica de Crystal Palace. Prefiere otra brújula: la mirada de su hija dentro de unos años.

“Quiero hacer algo de lo que esté orgulloso, que haga sentir orgullosa a mi familia, algo que pueda enseñarle a mi hija un día y decirle: ‘Tu papá hizo esto’”, explica.

Luego se permite una imagen que parece sacada de una novela de club inglés, mitad broma, mitad deseo muy serio.

“Si en 20 años volvemos a Palace y hay una pintura de Chris Richards con afro en algún lado, creo que sería algo bastante genial”.

La pregunta es simple y brutal: con el brazalete en el horizonte, un vestuario que lo mira en busca de guía y un club que ya sabe lo que es ganar, ¿hasta dónde puede llegar ese cuadro con afro en la historia de Crystal Palace y de la USMNT?