Egipto avanza a octavos de final: un penalti histórico de Abdelmaguid
Hossam Abdelmaguid no tembló. Un paso corto, mirada fija, golpe seco. Y con ese penalti, Egipto derribó una puerta que llevaba décadas cerrada: está en los octavos de final de un Mundial por primera vez en su historia, tras eliminar a una Australia combativa por 4-2 en la tanda después del 1-1 en 120 minutos en Texas.
En la otra punta del campo, Mohamed Salah se desplomó entre lágrimas. No había sido su noche con el balón en juego, pero el capitán, apagado y renqueante, por fin podía celebrar algo grande con su selección. Del otro lado, rostros desencajados, camisetas amarillas al suelo y un país que vuelve a quedarse a las puertas de un hito.
Un partido tenso, un héroe inesperado
El plan de Australia quedó claro desde el primer minuto: físico, duelos, balones parados. El de Egipto, más difuso, condicionado por un Salah que llegaba tocado y nunca encontró su ritmo. Y, sin embargo, el marcador se abrió pronto para los Faraones.
A los 13 minutos, cuando el equipo de Hossam Hassan sufría atrás, apareció Emam Ashour. Centro preciso de Karim Hafez al segundo palo, despiste de Nestory Irankunda y cabezazo firme del centrocampista para el 1-0. Su segundo gol del torneo, casi contra la lógica del juego, y un rugido de los más de 70.000 espectadores en el hogar climatizado de los Dallas Cowboys.
Ese golpe obligó a una Australia poco prolífica —solo dos tantos en la fase de grupos— a adelantar líneas. Antes del gol egipcio ya había avisado Cristian Volpato, que cambió Italia por Australia justo antes del Mundial, con un disparo al larguero que silenció el estadio. El susto no despertó a Egipto, nervioso atrás, pero sí anunció que la noche no sería sencilla.
La primera respuesta seria de los Socceroos llegó a diez minutos del descanso: Aziz Behich probó desde fuera del área, aunque su disparo manso acabó en las manos de Mostafa Shobeir, hijo de Ahmed, el portero egipcio del Mundial de 1990. Una conexión generacional en una noche que olía a historia.
La intensidad subió de tono en el tramo final del primer tiempo. Un vuelo desmedido de Rabia dejó a Jordan Bos, uno de los jugadores más rápidos del torneo, tendido en el césped. El carrilero no pudo seguir y Tony Popovic se vio obligado a cambiarlo al descanso por Kai Trewin, un golpe serio a los planes australianos por banda.
Un empate feo, dos equipos al límite
Nada más arrancar la segunda parte, Egipto tuvo la oportunidad de sentenciar. Omar Marmoush, atacante del Manchester City, se encontró solo ante la gloria y la cruzó demasiado. El balón se perdió cerca del poste, y con él una ocasión que los Faraones estuvieron a punto de lamentar.
Porque el aviso se convirtió en castigo. Egipto ya sabía que Australia es peligrosa a balón parado, y aun así volvió a sufrir. En una falta lateral cerrada, Mohamed Hany, presionado, cabeceó hacia su propia portería y superó a Shobeir. Segundo autogol del lateral en el torneo y un 1-1 que encendió a los oceánicos y dejó helados a los egipcios.
El partido entró entonces en una zona gris. Patadas, interrupciones, nervios. Salah, con 34 años y recién salido de una lesión en los isquiotibiales, seguía en la periferia del juego. No encontraba espacios, no ganaba duelos, no rompía al espacio. Pero seguía ahí, arrastrando defensas, esperando su momento.
Egipto, empujado por la sensación de estar a un paso de algo inédito, apretó en el tramo final del tiempo reglamentario. Ramy rozó el gol en un disparo que Patrick Beach desvió con una estirada brillante en el añadido. Esa parada del guardameta australiano, tras una jugada en la que Salah participó en la elaboración, empujó el duelo a la prórroga.
Prórroga de miedo, destino de penaltis
Los 30 minutos extra tuvieron más miedo que fútbol. Las piernas pesaban, las decisiones se hacían lentas y cada balón dividido parecía una moneda al aire. Egipto, más entero físicamente, se adueñó del balón y de los metros finales.
Salah, esta vez con la derecha, probó desde la frontal en el inicio del tiempo extra y mandó la pelota muy alta. El gesto del capitán lo decía todo: frustración, cansancio, rabia contenida. Las ocasiones claras desaparecieron y el reloj empujó a los dos equipos hacia el punto de penalti, como si el guion estuviera escrito desde el inicio.
Ninguno de los dos había ganado jamás un partido de eliminación directa en un Mundial masculino. La historia esperaba en los once metros.
La ruleta de los once metros y la noche de Abdelmaguid
Popovic jugó su última carta antes de la tanda: sacó del banquillo al veterano Mathew Ryan para el desenlace. Experiencia, jerarquía y un mensaje claro a los suyos. Todo o nada.
La tanda se lanzó hacia el fondo teñido de rojo. Banderas, tambores, silbidos. El ambiente pesaba. Y el primero en sentirlo fue Harry Souttar. El central, habitualmente fiable, mandó su penalti por encima del larguero. Golpe psicológico inmediato para Australia, alivio para Egipto.
Los siguientes cinco lanzadores no fallaron. Entre ellos, Salah, que esta vez sí estuvo a la altura del momento: carrera corta, pausa y definición fría, sin una pizca del nerviosismo que había mostrado durante el partido. El capitán se quitó un peso de encima con ese golpeo.
Con la presión creciendo, apareció el chico de 18 años. Lucas Herrington, central australiano, se plantó ante el balón con el futuro de su selección en las botas. Ajustó demasiado. El disparo se estrelló en el larguero y salió despedido. Un suspiro ahogado en medio estadio, un rugido en la otra mitad.
El escenario quedó listo para Hossam Abdelmaguid. Silencio tenso, respiración profunda. El defensor no dudó. Disparo raso, esquinado, imposible para Ryan. Gol. Egipto a octavos. Salah al suelo, roto en lágrimas de alegría. Australia, rota de dolor.
El premio: Messi… si nada se tuerce
La recompensa no es menor. En Atlanta, el martes, espera el ganador del cruce entre Argentina y Cabo Verde. Si los campeones del mundo cumplen con la lógica, Egipto se cruzará con Lionel Messi y compañía en un duelo que, hace apenas unas semanas, sonaba a quimera.
Para los Faraones, que en la fase de grupos celebraron su primera victoria mundialista al derrotar 3-1 a Nueva Zelanda, este torneo ya es histórico. Pero la sensación, viendo las lágrimas de Salah, los abrazos en la zona técnica y el puño cerrado de Abdelmaguid, es que no han viajado a Estados Unidos solo para hacer historia.
La pregunta, ahora, es otra: ¿hasta dónde se atreverá a soñar este Egipto que por fin aprendió a ganar cuando más quema el balón?






