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Kelechi Iheanacho y el penalti decisivo que lleva a Celtic al título

Kelechi Iheanacho desata el caos: un penalti en la última jugada lleva el título a un cara o cruz final

El fútbol escocés vive para noches como esta. Frío, tensión, decisiones al límite y un título que se niega a encontrar dueño. En Fir Park, con el reloj ya consumido, Kelechi Iheanacho convirtió un penalti tan polémico como decisivo para darle a Celtic un 3-2 agónico ante Motherwell y empujar la Scottish Premiership a un último capítulo de máxima presión frente al líder Heart of Midlothian.

Durante unos minutos, Hearts tuvo el trofeo entre las manos. En Tynecastle, el 3-0 sobre Falkirk parecía encaminar una fiesta histórica: el primer título de liga para un club que no fuera Celtic o Rangers desde 1985. En Fir Park, el 2-2 de Liam Gordon en el 85’ dejaba a los de Edimburgo a las puertas de una hazaña que lleva 66 años esperando.

Entonces llegó el VAR. Y con él, el incendio.

Un penalti que nadie pedía… salvo el VAR

En el tiempo añadido en Motherwell, un balón colgado al área parecía inofensivo. Sam Nicholson lo despejó de cabeza, la jugada siguió, ningún jugador de Celtic levantó la mano, nadie reclamó nada. Pero el árbitro John Beaton recibió la llamada del VAR. Revisión. Monitor a pie de campo. Y, tras unos segundos de tensión, el veredicto: mano de Nicholson, penalti.

La decisión desató la incredulidad local y, a kilómetros de distancia, la furia en Tynecastle. Sobre el césped de Fir Park, Iheanacho se plantó frente al balón con todo un campeonato sobre sus hombros. El estadio contuvo la respiración. El delantero no tembló: disparo ajustado, gol, 3-2. Calum Ward no pudo hacer nada.

La grada visitante estalló. Invasión de campo, bengalas, abrazos desbordados. No era un título, pero lo parecía. Era, en realidad, una vida extra. El sábado, en Glasgow, Celtic recibirá a Hearts con un escenario brutal: los de Edimburgo necesitan solo un empate para ser campeones; Celtic está obligado a ganar.

Euforia, lágrimas y un silencio que lo dijo todo

La noche había empezado de forma perfecta para Hearts. En Tynecastle, los aficionados miraban al césped y al móvil a la vez. Cada notificación desde Fir Park era casi tan importante como cada ataque propio.

La primera explosión llegó cuando se supo que Elliot Watt adelantaba a Motherwell. Rugido en la grada. A los 29 minutos, Frankie Kent conectó un cabezazo demoledor para el 1-0 ante Falkirk. Más tarde, un disparo desviado de Cammy Devlin se convirtió en el 2-0. Blair Spittal añadió el tercero. Coros, bufandas al aire, lágrimas en algunos rostros. El título parecía descender, poco a poco, sobre Edimburgo.

El problema para Hearts se llamaba Celtic. Y nunca se da por muerto.

Daizen Maeda igualó en Fir Park, enfriando la euforia. Luego apareció Benjamin Nygren con un segundo gol para los de Glasgow que alteró por completo el tablero. En Tynecastle, el ambiente cambió de golpe. De la algarabía al murmullo. Después, al silencio. Un silencio espeso, casi supersticioso, solo roto por los cánticos aislados y el sonido de los teléfonos refrescando marcadores.

En Motherwell, mientras tanto, el partido se convirtió en un asedio al arco de Viljami Sinisalo. Elliot Watt estrelló un disparo desviado en el larguero, Tawanda Maswanhise rozó el gol en el rebote, Sinisalo respondió con reflejos felinos. El empate se intuía, y al final llegó: Liam Gordon apareció en el 85’ para poner el 2-2 y desatar de nuevo el delirio en Tynecastle.

Hearts volvía a verse campeón. Hasta que el VAR decidió intervenir.

Ira en Hearts, indignación en Motherwell

El penalti señalado sobre Nicholson encendió a todo el país. Las imágenes se repitieron una y otra vez en los móviles y en las salas de prensa. El gesto fue mínimo, el brazo estaba levantado, el balón rozó, quizá, la mano. Interpretación pura. Y ahí se abrió la herida.

Derek McInnes, entrenador de Hearts, no se guardó nada tras ver la acción. Habló de algo “asqueroso”, de estar “contra todos”, de una pena máxima que, a su juicio, no existió. Insistió en que Celtic había sido “muy afortunado” y, aun así, remarcó que su equipo irá a por un resultado positivo en Glasgow. La frase final sonó más a desafío que a consuelo: “Qué partido nos espera”.

En Motherwell, Jens Berthel Askou fue igual de contundente. Calificó la decisión de “escandalosa” y aseguró que no veía “ningún párrafo en el reglamento” que justificara ese penalti. Su equipo había peleado, había puesto contra las cuerdas a un candidato al título, y se marchaba con las manos vacías por una jugada que ni los propios rivales habían reclamado.

En el otro banquillo, Martin O’Neill se aferró a la narrativa que sostiene a Celtic en cada temporada dramática: espíritu inquebrantable, resistencia hasta el último segundo, la convicción de que siempre habrá una oportunidad más.

Fantasmas de 1986 y un último capítulo inevitable

La clasificación llega a la última jornada con un margen mínimo y un peso histórico enorme. Hearts suma 80 puntos en 37 partidos. Celtic, con seis victorias consecutivas en liga, se sitúa a solo uno, con 79. Todo se decide el sábado.

Para los aficionados de Hearts, el déjà vu es inevitable. Cuatro décadas atrás, en la temporada 1985-86, llegaron al último día invictos en 27 encuentros, dos puntos por delante de Celtic, y solo necesitaban un empate en Dundee para coronarse. Parecía imposible que se escapara.

Aquel día, un nombre quedó grabado a fuego: Albert Kidd. Hincha de Celtic, marcó dos goles tardíos para darle a Dundee un 2-0 en Dens Park. Mientras tanto, Celtic arrasaba 5-0 a St Mirren y se llevaba el título por diferencia de goles. Hearts quedó destrozado. Una herida que nunca terminó de cerrarse del todo.

Hoy, los paralelismos son imposibles de ignorar. Otra vez, un equipo de Edimburgo llega a la última jornada con la historia al alcance de la mano. Otra vez, Celtic aparece como la sombra que nunca se va.

La diferencia es que ahora Hearts depende de sí mismo. Un empate en Glasgow le basta para romper un monopolio que dura desde 1985. Celtic, empujado por la inercia y por noches como la de Fir Park, sabe que solo le vale ganar.

No habrá red de seguridad, ni excusas, ni margen para el error. Después de un penalti que ha encendido el país entero, la liga escocesa se decidirá donde siempre le gusta decidirse: en 90 minutos que pueden definir una generación.