Irak al Mundial: 40 años de espera y un viaje épico
La clasificación de Irak para su primer Mundial en cuatro décadas no se entiende solo mirando una tabla. Hay que mirar los mapas, las carreteras, los aeropuertos cerrados y las fronteras. Hay que mirar un país en guerra que, aun así, encontró la forma de poner a 26 futbolistas en un avión rumbo a Monterrey para jugar “el partido más importante de sus vidas”, como lo define René Meulensteen, asistente del seleccionador Graham Arnold.
Antes de llegar a ese césped mexicano, hubo un maratón que ningún otro equipo tuvo que correr.
De ciudad en ciudad, de guerra en guerra
Con el país arrastrado de nuevo al conflicto en Oriente Medio y el espacio aéreo cerrado, la logística se convirtió en una odisea. Varios jugadores y miembros del cuerpo técnico tuvieron que cruzar Irak en coche o autobús hasta Bagdad. Ocho horas de viaje para algunos, solo para empezar.
Desde la capital, el siguiente tramo fue casi surrealista para un equipo de élite: unas 15 horas por carreteras llenas de baches hasta Ammán, en Jordania, uno de los pocos puntos desde donde aún salían vuelos. Allí fueron confluyendo también los futbolistas que militan en clubes asiáticos, cada uno encontrando su propia ruta hasta ese punto de encuentro.
Fifa había preparado un chárter privado. Ni eso salió fácil. Nueve horas de retraso en el despegue. Luego, ocho horas de vuelo hasta Lisboa, dos horas de escala, otras 12 horas hasta México. Un itinerario que, sumado, se parece más al de un éxodo que al de una selección mundialista.
Y, sin embargo, al final llegaron con margen para recuperar piernas y cabeza. Lo suficiente para ganar 2-1 a Bolivia y sellar el último billete disponible para el Mundial.
Monterrey, un círculo que se cierra
El escenario no era un detalle menor. México fue la sede de la única participación previa de Irak en un Mundial, en 1986. Monterrey, por tanto, no era solo un lugar en el mapa, sino un guiño a la historia.
“Les dijimos a los jugadores: ‘Tomemos conciencia del viaje que hemos hecho para llegar hasta aquí y quizá este partido tenía que ser aquí, donde Irak jugó su anterior Mundial’”, cuenta Meulensteen.
En la grada, el ambiente sorprendió a muchos. Las entradas restantes fueron repartidas entre aficionados locales, y el resto lo pusieron los iraquíes residentes en Estados Unidos. Resultado: un estadio con un bloque ruidoso, colorido, que empujó a Irak como si estuviera en casa.
El 2-1 ante Bolivia no fue solo un marcador. Fue una válvula de escape.
Un país que necesitaba algo que celebrar
En Bagdad era de madrugada cuando el balón cruzó la línea por última vez. Las imágenes que llegaron al cuerpo técnico hablaban solas: calles desbordadas, coches tocando el claxon, banderas ondeando en medio de una ciudad acostumbrada a otro tipo de explosiones.
“Fue una locura absoluta en Bagdad”, describe Meulensteen. “Toda la nación llevaba tiempo deseando algo que celebrar y esto les da una enorme inyección de energía y esperanza. Se nota el orgullo; hay una auténtica sensación de bienestar”.
No es la primera vez que el fútbol iraquí se abre paso entre ruinas. El cuarto puesto en los Juegos Olímpicos de 2004, derrotando a la Portugal de Cristiano Ronaldo, y el título de la Copa Asiática de 2007 ya habían demostrado que el balón podía, por momentos, coser un país desgarrado por la guerra civil. También en 1986 y en 2004, la épica deportiva convivió con el ruido de las armas.
“Irak sigue siendo un país que siente de verdad las secuelas de la segunda guerra del Golfo”, recuerda Meulensteen. “Se ve en las ciudades. Se están recuperando, pero logística y organizativamente no se puede comparar con Dubái o con lugares de Arabia Saudí”.
Y aun así, el fútbol encuentra su espacio. A veces, en un autobús de camino al entrenamiento.
“Deberíais oírlos en el bus hacia los entrenamientos y los partidos, cantando y escuchando música. Es absolutamente brillante”, dice el técnico neerlandés, de 62 años, que se ha integrado en una cultura que mezcla jugadores nacidos en Irak con otros de la diáspora, algunos sin hablar árabe.
Él se defiende con un nivel intermedio aprendido en sus primeros años como entrenador en Catar, donde llegó en 1993. Para hacerlo, tuvo que casarse con su novia: vivir juntos sin matrimonio no estaba permitido.
El grupo de la muerte y el arma secreta
El premio a esta travesía es un grupo que parece una broma pesada: Francia, Senegal y Noruega. Tres selecciones asentadas, con estrellas en clubes de élite, contra un equipo que ha tenido que cruzar medio mundo por carretera para jugar un playoff.
“Es como Manchester United contra Grimsby”, suelta Meulensteen, tirando de una comparación que en Inglaterra no necesita explicación. El detalle es que Grimsby ganó ese duelo de Copa en agosto pasado. El mensaje es claro: el favorito no siempre escribe el guion.
Arnold y Meulensteen ya saben lo que es desafiar la lógica con una selección. En el último Mundial, con Australia, compartieron grupo con Francia, Dinamarca y Túnez. Pocas quinielas les daban opciones. Acabaron ganando a Dinamarca y Túnez y complicando la vida a Argentina en octavos.
“Ahí es donde reside nuestra mayor fortaleza: el factor sorpresa”, apunta Meulensteen. Irak quiere repetir esa fórmula: orden, disciplina, un plan claro… y la capacidad de golpear cuando nadie lo espera.
De Carrington a Bagdad: la huella de Sir Alex y Cristiano
Para entender cómo piensa Meulensteen, hay que volver a Manchester, a los campos de entrenamiento de Carrington. El neerlandés llegó a United ocho años después de su aventura catarí, recomendado por Lee Kershaw, director de la academia, y por Dave Mackay, que lo había conocido cuando entrenaba a la sub-17 de Catar.
Empezó en la base, luego pasó a trabajar de forma individual con jugadores del primer equipo. Ese rol se intensificó en 2007, tras un breve paso como técnico principal de Brøndby. Ahí se cruzó de lleno con Cristiano Ronaldo.
“Tuve varias sesiones con él dentro y fuera del campo, usando vídeos para mostrarle ciertas cosas”, recuerda. El foco estaba en lo esencial: la definición. Dividían el área en zonas, analizaban el tipo de centros que llegaban y cuál era el remate óptimo para cada situación.
El mensaje de fondo era simple y demoledor: menos fuegos artificiales, más eficacia. “Le dije que todo se trataba de ser lo más imprevisible posible, variar su juego… Con los años, dominó eso a la perfección”.
Lo que más le impresionó no fue un regate, sino una obsesión. “Lo que realmente destacaba en Cristiano era su ansia de perfección. Y sigue siendo así”. Tras los entrenamientos, el portugués se encerraba a menudo en una jaula vallada con tableros de rebote, en Carrington, para seguir trabajando 10 o 15 minutos más. Meulensteen le mostraba ejercicios para controlar el balón de formas distintas, creativas. A Cristiano le fascinaba.
Todo ese trabajo acabó condensado en un DVD. Una especie de manual personalizado: una presentación con clips de vídeo y explicaciones sobre la importancia de fijarse metas. Cómo las personas con objetivos claros suelen tener más éxito que quienes no los tienen.
Al inicio de la temporada 2007-08, Meulensteen le lanzó un reto. Cristiano venía de marcar 23 goles. “Le pregunté cuál era su objetivo para la temporada. Dijo 30. ‘¿Qué tal 40?’, le respondí”. Aceptó. Terminó con 42 y United levantó la Premier League y la Champions League.
En verano de 2008, Meulensteen fue ascendido a entrenador del primer equipo. Sir Alex Ferguson le entregó entonces algo más valioso que cualquier título: un mapa.
Las cuatro palabras que definieron a United
Ferguson le explicó en tres hojas de rotafolio cómo debía jugar Manchester United. Eso se convirtió en el sistema de navegación para diseñar todas las sesiones de entrenamiento.
Había principios defensivos, conceptos con balón. Pero la última hoja, avisó el escocés, era la más importante. La que definía de verdad al club.
“Cuando ataquemos, quiero hacerlo con velocidad, potencia, penetración e imprevisibilidad. Y quiero que apliques esas cuatro cosas en cada sesión de entrenamiento de alguna manera”, le dijo.
Cuando uno repasa la mejor versión de aquel United, aparecen esas cuatro palabras. Ataques que arrancaban como un latigazo, llegadas desde segunda línea, cambios de ritmo, movimientos que descolocaban defensas enteras. Hoy, en otro contexto y con otros jugadores, Meulensteen intenta trasladar esos principios a Irak.
Tras su salida de Old Trafford en 2013, su carrera se extendió por Fulham, Estados Unidos, Israel, India y la selección australiana. Paradas que le dieron algo que ahora considera clave: herramientas para manejar la cabeza de los futbolistas.
Miedo, palabras y la construcción de un equipo
“Si sienten miedo, les pido que le den una forma. ¿Qué es exactamente ese miedo?”, explica. A menudo, el temor no es al rival, sino a las consecuencias de no ganar. A lo que pueda venir después.
Meulensteen insiste en que no se puede controlar todo lo que entra en la mente: lo que se ve, lo que se oye, lo que se comenta en redes. Lo que sí se puede orientar es el foco. Les empuja a pensar en lo que desean: jugar bien, marcar un gol, llegar al Mundial. Añadir, no borrar.
Cuando trabaja con los jugadores, su mensaje no es “cambia esto”, sino “suma esto a tu juego”. Un matiz que, en un vestuario, marca la diferencia entre la inseguridad y la ambición.
Esa sensibilidad la comparte con Ferguson. El técnico escocés daba un peso enorme al impacto de las palabras. “Siempre decía que las dos palabras más importantes en el entrenamiento son: ‘bien hecho’”, recuerda Meulensteen. En las últimas fases de muchas sesiones, Sir Alex se acercaba, le daba una palmada en el hombro y soltaba justo ese elogio. Pequeños gestos que construyen confianza.
La relación entre ambos se hizo fuerte con los años. Ferguson, cuenta Meulensteen, es un narrador nato, con intereses que van mucho más allá del fútbol. Lee, estudia, se sumerge en política, historia, cine. Siente fascinación por la guerra civil estadounidense y maneja detalles que sorprenden incluso a quienes le conocen de cerca.
En los viajes con United, en autobús o tren, solían matar el tiempo jugando a “Who Wants to Be a Millionaire?” en el iPad de Meulensteen. “La cantidad de veces que llegamos hasta el final es increíble. Sabía cosas que yo jamás habría sabido”.
De vez en cuando, todavía se ven para tomar un té. Hora y media, dos horas, que se evaporan entre anécdotas y recuerdos. Para Meulensteen, aquellos años en Old Trafford fueron “un periodo hermoso” de su vida.
De la jaula de Carrington al rugido de Bagdad
Ahora, ese mismo entrenador que diseñaba ejercicios para Cristiano en una jaula vallada se sienta en un banquillo que representa algo mucho más grande que un equipo de fútbol. Irak no solo lleva 40 años sin Mundial. Lleva 40 años buscando momentos que le permitan mirarse en algo distinto a la guerra.
El billete sellado en Monterrey no borra nada de lo vivido. Pero abre una puerta. La de un vestuario que canta en el autobús, la de un país que madruga para llenar las calles, la de un grupo que se prepara para mirar a los ojos a Francia, Senegal y Noruega desde el papel de invitado incómodo.
La clasificación ya es una historia mayúscula. La verdadera pregunta es qué más puede añadir Irak a ese guion cuando el balón empiece a rodar en el Mundial.






