Gabriel y su camino entre Arsenal y Brasil
El recuerdo sigue fresco. En el punto de penalti, en la final de la Champions League ante PSG, Gabriel tomó aire, dio unos pasos y falló. Su disparo terminó inclinando la balanza hacia el lado francés tras el 1-1 en el tiempo reglamentario y dejó a Arsenal sin un histórico doblete.
Hoy, lejos de Londres y de Wembley, el central habla desde otro escenario de máxima exigencia: el Mundial, concentrado con la selección de Brasil antes del duelo contra Haití. La cicatriz sigue ahí, pero el discurso ha cambiado de tono.
“Yo no puedo quejarme”, asegura el defensor de 28 años. No se esconde, pero tampoco se recrea en el error. Prefiere mirar el cuadro completo de una temporada que lo consolidó en la élite.
“Tuve una temporada muy buena con Arsenal. Conseguimos el título de la Premier League después de 22 años y llegamos a la final de la Champions League”, recuerda. Dos frases que resumen una campaña histórica para el club londinense y para él, pilar de la zaga de Mikel Arteta.
El penalti fallado forma parte del paquete. De la responsabilidad. “Cuando te toca marcar un penalti, hay consecuencias”, admite. Lo dice sin dramatismo, como quien ya ha pasado por el proceso más duro: el de aceptar que incluso en tu mejor año puedes ser protagonista de la jugada más dolorosa.
Aun así, el presente le ofrece un contrapeso poderoso: vestir la camiseta de Brasil en un Mundial. “Estoy muy feliz de estar aquí y de representar a mi país”, subraya. No suena a frase hecha; en su boca funciona como una especie de redención deportiva. No hubo doblete con Arsenal, pero sí la recompensa de mantenerse en la primera línea con la selección.
El abrazo que cambió la noche
En aquella final contra PSG hubo una imagen que pasó rápido en las cámaras, pero que Gabriel no olvida. Nada más fallar el penalti, cuando el estadio explotaba con la coronación de los parisinos, un compatriota cambió el guion.
Del otro lado estaba Marquinhos, compañero de selección y rival esa noche. Campeón de Europa con PSG, sí, pero antes que nada, amigo. “Ese fue un momento de tristeza para mí”, confiesa Gabriel. Y en medio de esa tristeza, un gesto.
“Lo primero que hizo no fue celebrar, sino darme un abrazo. Lo que puedo decir es que me dio todo su apoyo”. Mientras el resto corría hacia la gloria, Marquinhos frenó, giró, y fue directo hacia el hombre que acababa de fallar.
La escena define bien la relación entre ambos. “Estoy aquí con él en la selección desde hace dos o tres años, y aprendo todos los días cuando estoy con él”, explica Gabriel. No habla solo del capitán, del líder defensivo, sino de la persona. “Soy fan de él como persona y como jugador. Mi cariño por él creció aún más después de la final de la Champions League”.
Ese abrazo en medio del ruido, ese consuelo en la noche más amarga, se ha convertido en un punto de apoyo para Gabriel en este nuevo capítulo con Brasil. El central llega al Mundial con un título de Premier League bajo el brazo, una final de Champions en la memoria y una lección grabada a fuego: a veces el fútbol te da la temporada de tu vida y, en el último disparo, te recuerda que también sabe castigar.
Ahora, con la camiseta amarilla, el defensor de Arsenal tiene otra tanda por delante: la de reconstruir su historia en los grandes escenarios. Y esta vez, el punto de penalti puede esperar.






