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Eberl critica a FIFA: "Me da asco"

La grieta entre FIFA y el fútbol europeo ya no es un murmullo de pasillo. Es un choque frontal. Y en Alemania ha encontrado una de sus voces más duras en Max Eberl.

El dirigente de Bayern Munich, de 52 años, habló sin filtros sobre el rumbo del organismo presidido por Gianni Infantino. No midió ni el tono ni las palabras. “Estoy avergonzado de que siquiera discutamos esas ideas en el fútbol. El fútbol no nos pertenece”, declaró, según recogió Sky Sport. “Tengo la sensación de que FIFA existe únicamente para obtener beneficios. Me da asco”.

No es una frase al aire. Llega en medio de un clima en el que ya se habla abiertamente de un posible boicot al Mundial por parte de selecciones de la UEFA. Algo que hace unos años habría sonado a ciencia ficción empieza a instalarse como escenario imaginable en los despachos europeos.

Europa se plantea decir “no”

Eberl, figura de enorme peso en el Allianz Arena, fue un paso más allá y dejó clara su posición ante el modelo de inversión impulsado por Infantino. Si Europa decide plantar cara, él no se quedará en el medio.

“Entonces, yo sí estaría a favor de que nosotros, como Europa, adoptáramos una postura firme y dijéramos: no, no participamos”, remató.

La frase golpea fuerte. No se trata solo de una crítica al modelo económico, sino de una disposición abierta a respaldar una ruptura histórica si las federaciones del continente deciden dar el salto.

Sammer avisa: se juega con la credibilidad emocional

En paralelo a la artillería verbal de Eberl, otras voces de peso en Alemania han optado por un tono menos incendiario, pero no menos inquieto. Matthias Sammer, leyenda del fútbol alemán y actual asesor de Borussia Dortmund, reconoció la complejidad del papel de Infantino al frente de FIFA. Gobernar el fútbol global exige equilibrios constantes. Pero hasta ahí llega su comprensión.

“Gianni Infantino primero tiene que lograr contentar a todos. Ese es su trabajo y el de FIFA. Siempre es una línea muy fina”, señaló. Sin embargo, su preocupación real va más allá del juego político. Sammer advirtió que se está apostando la “credibilidad emocional” del fútbol en la búsqueda de mayores retornos económicos para la organización mundial. Y fue claro al marcar la línea roja: ve “un peligro cuando se interfiere en la integridad del juego”.

La palabra clave es integridad. Cuando alguien como Sammer la pone sobre la mesa, en Zúrich la alarma debería sonar con fuerza.

Millones sobre la mesa, dudas en Europa

Pese al malestar creciente, Infantino no levanta el pie del acelerador. Ha fijado un calendario estricto y ha dado a las asociaciones miembro un plazo hasta septiembre para aprobar el acuerdo. Sobre el papel, la oferta es tentadora: una lluvia de millones para cada federación.

Pero el dinero no despeja las dudas. En Europa, los dirigentes miran más allá del próximo balance económico. El escepticismo se centra en el impacto a largo plazo sobre la esencia del juego, sobre cómo se compite, cómo se organiza el calendario, qué se sacrifica para alimentar un modelo cada vez más orientado al beneficio.

Para Eberl y la cúpula de Bayern Munich, la ecuación es clara: los beneficios financieros no compensan el precio que, a su juicio, se paga en identidad. El club bávaro se alinea así con una corriente de pensamiento que empieza a ganar fuerza en el Viejo Continente: el fútbol no puede convertirse en un simple producto de inversión.

Una encrucijada histórica para UEFA

Mientras FIFA aprieta con plazos y promesas de ingresos, todas las miradas apuntan ahora a las próximas reuniones de UEFA. Allí, las federaciones europeas tendrán que decidir si aceptan el plan de Infantino o si se atreven a forzar una fractura sin precedentes con el organismo mundial.

No será una votación más. De ese pulso puede salir un fútbol global aún más concentrado en el negocio o un bloque europeo dispuesto a marcar un límite. Y entonces la gran pregunta dejará de ser cuánto dinero hay en juego, para convertirse en otra mucho más incómoda: hasta dónde está dispuesto el fútbol a vender su alma.