Dos minutos y 55 segundos de esperanza en el fútbol
Rebecca Solnit escribió sobre la esperanza en medio de la oscuridad. Maria Popova la definió como algo que, sin pensamiento crítico, es ingenuidad, pero que sin ella se convierte en puro cinismo. En el fútbol inglés, sin embargo, la frase que manda es otra, más áspera, más de grada: “It is the hope that kills you”.
La firmó recientemente Graham Burrell tras un Lincoln City–Wigan perdido en casa. Podría haberla estampado cualquier aficionado de Inglaterra el miércoles, viendo cómo se deshacía su selección ante Argentina. No es tragedia humana. No es el fin del mundo. Pero en ese pequeño universo cerrado que es un partido grande, duele como si lo fuera.
Miedo, no esperanza
Lo curioso es que la esperanza casi nunca está ahí desde el principio. Lo que manda al inicio es el miedo. Miedo en la previa, miedo en ese absurdo conteo de diez segundos antes del saque inicial, miedo cuando el balón retrocede hacia Jordan Pickford y el estadio contiene la respiración. El corazón se dispara. Se oye. Se siente.
Con el paso de los minutos el pulso baja, pero no se calma. Se transforma en una angustia de fondo, salpicada por ráfagas de rabia. Giuliano Simeone corre, muerde, pega, protesta. Cada entrada suya parece una agresión. Cada falta inglesa, en cambio, se justifica. La lógica se suspende. Otro vaso de miopía, por favor.
El descanso trae la primera oleada de pesimismo serio. Cuanto más se alarga el 0-0, más inevitable parece Argentina. “Saben hacerlo”, se repite uno. Se dicen palabras vacías como “memoria muscular”. Otras son más certeras: “viejos zorros”.
El estallido
Y de pronto, el gol. El centro perfecto. El remate perfecto. Un estallido que mezcla alivio, júbilo y algo mucho más peligroso: posibilidad. Es el primer instante de esperanza auténtica. No es una ilusión abstracta, es matemática pura: “Ahora necesitan dos”. Cualquiera que haya seguido a Inglaterra sabe que esa frase nunca garantiza nada, pero en ese momento suena a salvavidas.
Hay otro instante de éxtasis: la entrada de Djed Spence. Hasta entonces había jugado con una calma casi insolente, como si todo esto fuera un partido más antes de volver a casa a fregar los platos. Pero llega esa acción y celebra como si llevara dentro a Giorgio Chiellini y Leonardo Bonucci a la vez. “¡Sí, Djed!”, se grita desde el sofá, desde la grada, desde cualquier bar. Es la mejor entrada inglesa desde la de Eric Dier a Sergio Ramos. Y, a diferencia de aquella, esta parece decisiva. Si la noche hubiera acabado bien, abriría todos los montajes, sería material de estatua.
El repliegue y la parálisis
Pero algo empieza a torcerse antes incluso de la pausa de hidratación. Inglaterra se hunde unos metros. Luego unos más. Y unos cuantos más. La línea defensiva retrocede como si alguien hubiera tirado de una cuerda invisible hacia su propia área. ¿Quién lo decide? ¿Thomas Tuchel? ¿Los jugadores? ¿Es una especie de parálisis colectiva típicamente inglesa? A estas alturas, da igual el culpable. El efecto es el mismo: el partido se convierte en un asedio.
La mayoría sabe que es demasiado pronto para defender tan atrás. No es el Azteca, no son diez hombres colgándose del larguero. Aun así, Inglaterra se encierra. Aunque lo lograran, ¿cuántos podrían soportar esa tortura? Cada despeje, cada ocasión fallada, cada parada de Pickford alimenta algo peligroso: la sensación de que quizá sí, de que esta vez aguantarán.
En el 82, Nico O’Reilly bloquea un pase, lo persigue, mete otro pie. Inglaterra pisa campo contrario, territorio hostil a esas alturas. “Eso nos ha ahorrado ocho segundos”, se comenta en la cabina, en la redacción, en la mesa del bar. Un minuto después, Lionel Messi cuelga un balón sin peligro que se pierde por línea de fondo. Ahí aparece el pensamiento prohibido: “Puede ser. Quizá, solo quizá”.
La cuenta atrás
La mente vuela. Inglaterra en una final de Mundial. Unos días de ensueño en Nueva York. Programas que se escriben solos, columnas sobre la esperanza, pero sobre la otra esperanza, la que se cumple. Un privilegio profesional y emocional.
Saque de puerta para Inglaterra. Marcar un gol es difícil, incluso si tienes a Messi. John Stones se permite unos toques en el área. Pickford golpea largo, O’Reilly pelea y fuerza un saque de banda para Argentina, pero muy atrás. El reloj marca 84 minutos. Guy Mowbray lo canta. Alan Shearer confiesa que cada segundo parece estirarse sin piedad.
84’24. Enzo Fernández arma la pierna desde lejos. Pickford la roza y la manda por encima del larguero. Va fuera, pero el susto queda. “Mantén la forma”, se repite como un mantra. 84’55. Otra vez Enzo, demasiado libre en la frontal. Controla, mira, dispara. Esta vez no hay desvío salvador. Gol. Y todos saben, en el acto, que ahí se acaba.
La esperanza no mata
Dos minutos y 55 segundos. Ese fue el tramo en el que la esperanza fue real, tangible, casi sólida. No mató a nadie. Al contrario: fue eléctrica, aterradora y, de algún modo, profundamente vital.
Queda la vieja duda: ¿estará uno preparado algún día para ver a la selección inglesa levantar un título? Tal vez nunca haya que enfrentarse a esa prueba. Mientras tanto, esa pequeña ración de esperanza basta. Un bocado. Un destello.
Si la esperanza puede mover sociedades, si puede empujar cambios reales en el mundo, también puede hacer algo más modesto pero igual de poderoso para quien vive el fútbol como una fe laica: permitir imaginar, aunque solo sea un instante, a Adam Wharton levantando la Eurocopa de 2028. Y quizá, con eso, ya sea suficiente por ahora.






