El día después del Mundial: Inglaterra, Messi y la política en la final
La autopsia de Inglaterra sigue abierta en la mesa del forense futbolístico. El bronce aún por disputarse, la herida aún fresca, y Thomas Tuchel todavía en el banquillo. Sus cambios estrafalarios no le han costado el puesto, para sorpresa de más de uno en la concentración. Los jugadores, cuentan, salieron del torneo tan confundidos por la pizarra como por el rival.
En la era de las cinco sustituciones siempre hay un plan para los “finalizadores”, los que saltan desde el banquillo para rematar partidos. Pero lo de Noruega dejó perplejo a más de un observador: cambios extraños, ritmos rotos, un equipo que parecía buscarse a sí mismo mientras el reloj corría en su contra. Como apunta Barney Ronay, el problema de Inglaterra va mucho más allá de unas cuantas decisiones desde la banda. Los números explican por qué todo se torció; la sensación, en cambio, es más visceral: este equipo llegó demasiado lejos para lo poco que jugó.
Mientras tanto, al otro lado del cuadro, el torneo se encamina a su clímax.
Messi, Mbappé y una Bota de Oro con asterisco
Kylian Mbappé y Lionel Messi llegan igualados en goles en la carrera por la Bota de Oro. La diferencia, mínima pero decisiva, está en las asistencias: una más del argentino le da ventaja en el desempate. La estadística abre un debate viejo y siempre renovado: ¿deberían valer más los goles en una final que los del partido por el tercer puesto?
La pregunta no es inocente. Hay quien mira el duelo por el bronce como un trámite, un castigo más que un premio; otros lo ven como un escenario legítimo para engordar cifras. En un rincón del correo de los lectores, alguien recuerda con ironía un viejo chiste de romanos y “gauls” que valen doble fuera de casa. El fútbol moderno, tan obsesionado con los números, sigue buscando cómo jerarquizar la épica.
Rodri, un Mundial para reivindicarse
En medio de las grandes figuras, el torneo ha dejado una historia silenciosa pero poderosa: la de Rodri. El centrocampista ha vivido un Mundial de plenitud, dueño del ritmo, del balón y de la zona más delicada del campo. Su regreso tras la rotura del ligamento cruzado anterior generó dudas razonables: ¿volvería a ser el mismo? ¿Confiaría otra vez en su cuerpo?
La respuesta ha sido contundente. Ha tardado, sí, en recuperar la confianza, en jugar al máximo cada tres días. Pero en este campeonato se le ha visto liberado, dominante, otra vez líder. Tanto que ya hay quien sospecha que quizá haya jugado su último partido con Manchester City. Nada está decidido, pero el mercado acecha y las próximas semanas dirán si este Mundial ha sido también un escaparate definitivo.
La política se cuela en la final
El partido por el título no solo atraerá a los mejores futbolistas del planeta. También será escaparate político. El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, estará en la grada para ver a su selección enfrentarse a la vigente campeona, Argentina. Desde el otro lado del Atlántico, la Casa Blanca ha confirmado la presencia de Donald Trump en el estadio de New Jersey.
“Esperamos con ganas la final del domingo, y sé que el presidente tiene muchas ganas de asistir”, anunció la portavoz Karoline Leavitt, subrayando que el torneo ha sido, a su juicio, una demostración de la capacidad de Estados Unidos para organizar un evento de esta magnitud.
La política no se detiene en el palco. Keir Starmer respalda la idea de que la FIFA investigue a los jugadores argentinos que mostraron una pancarta reivindicando las Islas Malvinas tras la semifinal ante Inglaterra. Un gesto que ha reabierto viejas heridas y que amenaza con colarse en la agenda de un organismo ya de por sí tensionado.
Infantino, blindado
En Zúrich, lejos del ruido de los estadios, Gianni Infantino consolida su poder. Más de 200 federaciones nacionales han formalizado su apoyo para que el suizo opte a un cuarto mandato al frente de la FIFA. Apenas un puñado de asociaciones, entre ellas algunas europeas de peso como Alemania, no han enviado todavía su carta de respaldo.
Todo esto ocurre en un clima de malestar tras el escándalo por la polémica retirada de la sanción a Folarin Balogun. Aun así, la maquinaria política del organismo ha vuelto a funcionar con precisión quirúrgica. Como recuerda el académico Mel Brennan en un análisis sobre la corrupción en el fútbol mundial: el juego sobrevivió a Sepp Blatter, a Jack Warner, a Chuck Blazer. Y sobrevivirá también a Infantino.
Romero, el muro emocional de Argentina
En la otra orilla del Atlántico, Argentina se prepara para otra final con una columna vertebral muy clara. Entre Lionel Messi y Emiliano Martínez, un nombre ha crecido sin estridencias pero con una regularidad implacable: Cristian Romero.
Con la camiseta de la Albiceleste, Romero se transforma. Se convierte en uno de esos once corazones desbordados que no dejan un metro sin recorrer ni un taco sin mostrar. Al lado de Lisandro Martínez ejerce de hombre duro, último obstáculo entre el delantero rival y el guardameta. Salvo el capitán y el portero, pocos han sido tan consistentes como él en el camino hacia la tercera final mundialista en cuatro ediciones.
Mourinho, Alexander-Arnold y un nuevo Madrid
Mientras el Mundial acapara miradas, el fútbol de clubes comienza a rearmarse. En Madrid, el regreso de Jose Mourinho ha cambiado el aire de Valdebebas. El técnico portugués vive su segunda etapa en el Real Madrid con el objetivo de reactivar a un equipo que la temporada pasada se quedó sin Liga y cayó en cuartos de final de la Champions League.
Trent Alexander-Arnold, fichado desde Liverpool el año pasado, ha sido uno de los grandes beneficiados del nuevo escenario. Su primera temporada en España estuvo marcada por las lesiones y la irregularidad, obligado a rotar y sin consolidarse como titular. La marcha de Dani Carvajal le abre ahora una autopista hacia el puesto de lateral derecho de referencia.
“Siempre he admirado al entrenador”, ha explicado el inglés. Habla de un trabajo intenso, de principios muy exigentes, de un vestuario dispuesto a aprender y mejorar. Después de tanto tiempo parado, dice, lo importante es volver a construir una base sólida para una campaña exitosa. El mensaje es claro: este año quiere títulos, y Mourinho es la figura llamada a liderar esa reconquista.
Inglaterra, el bronce y el dilema Tuchel
Antes de que ruede el balón en la final, queda un partido que divide opiniones: el duelo por el tercer puesto. Thomas Tuchel tiene que decidir si va con todo para ganar o si reparte minutos como premio de consolación. Hay quien pide un reparto salomónico: un tiempo para cada portero, protagonismo para Ollie Watkins y Ivan Toney, minutos para Kobbie Mainoo, uno de los jóvenes que más se ha ganado una oportunidad.
En el debate público sobre la selección, una idea ha ido ganando fuerza: Tuchel ha sido aplaudido por sus cambios que alteraban el rumbo de los partidos, pero ese elogio esconde una crítica evidente. Si los suplentes cambian siempre el choque, quizá el problema esté en los onces iniciales. Inglaterra, sostienen voces como la de James Moriarty, fue con diferencia el peor de los cuatro semifinalistas y llegó demasiado lejos gracias a una mezcla de fortuna y parches tácticos.
El bronce, para algunos, es un consuelo menor. Para otros, una oportunidad de cerrar el torneo con una sonrisa y no con un portazo.
Un Mundial que se acaba… y un vacío que se viene
Entre tanta táctica, política y polémica, hay algo más simple: la rutina emocional de un Mundial que llega a su fin. Lectores que confiesan no saber qué harán cuando ya no tengan que trasnochar ni madrugar para ver partidos. Relojes biológicos adaptados a horarios imposibles que, de golpe, volverán a la normalidad. Quizá, dicen algunos, sea el momento de engancharse a la liga brasileña, al campeonato argentino, a la MLS. El fútbol no se detiene; solo cambia de acento.
En medio de ese ruido, hay historias que se cuelan por las rendijas: un periodista que por fin respira aire limpio tras una semana de humo de incendios y decide bloguear desde el jardín; un recuerdo de un reportaje de 1966 en Turf Moor, con una Argentina ofensiva que desafiaba los tópicos; un partido europeo en Malta resuelto con un penalti en el 94’, tanta bronca que tuvo que intervenir la policía.
El Mundial se encamina a su último acto. Lionel Messi frente a Lamine Yamal. Una selección muy buena contra otra excelente; cada cual que decida cuál es cuál. En la banda, entrenadores de hielo como Carlo Ancelotti o Lionel Scaloni apenas se inmutan cuando llega un gol en el minuto 96. En la grada, presidentes, primeros ministros y dirigentes de la FIFA miden cada gesto.
Cuando el árbitro pite el final, se entregará una copa, se resolverá la Bota de Oro y se cerrará un capítulo. La pregunta, inevitable, es otra: ¿quién estará preparado para escribir el siguiente?






