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Copa del Mundo 2023: Caos y polémicas antes del primer saque

La Copa del Mundo ha sobrevivido a sedes polémicas, calendarios imposibles y tormentas políticas. Pero lo que rodea a esta edición tiene otro tono: menos debate ideológico y más sensación de caos, de desorden, de torneo mal armado.

El caso del árbitro Omar Artan se ha convertido en el símbolo de ese desbarajuste. Se le ha denegado la entrada a Estados Unidos y queda fuera del torneo antes incluso de pisar el césped. Un colegiado designado para la élite mundial, frenado en la frontera. La imagen es demoledora para una competición que presume de organización milimétrica.

A eso se suma el ruido constante por los precios de las entradas, que han encendido las alarmas entre aficionados y analistas. El acceso al “mayor torneo del mundo” se ha convertido, para muchos, en un lujo inasumible. No es solo una queja de redes sociales: es una sensación extendida de que el fútbol se aleja de quienes lo sostienen desde la grada.

El desorden no termina ahí. El delantero iraquí Aymen Hussein fue retenido, según se ha informado, durante siete horas en aduanas esta misma semana. Siete horas de espera para un protagonista del espectáculo. Otro episodio que alimenta la percepción de improvisación, de engranaje que no termina de encajar.

En cada Mundial hay ruido. Siempre aparece la política, el contexto, las tensiones diplomáticas. Pero esta vez el volumen es distinto. Alan Shearer lo ve más grave que nunca. El exdelantero de Inglaterra, ahora voz respetada en los análisis, no se anduvo con rodeos en el podcast The Rest Is Football.

“Es una imagen horrible. Es una imagen terrible”, sentenció, al referirse al cúmulo de problemas. Shearer recordó que siempre hay polémicas antes de una Copa del Mundo, pero subrayó que la cantidad de asuntos extradeportivos en esta ocasión supera todo lo que él recuerda. Y los enumeró: el caso del árbitro Artan, los precios de las entradas, el impacto directo en los aficionados reales, esos que se ven expulsados del torneo por una barrera económica cada vez más alta. “No está bien, en absoluto”, remató.

Ian Wright ya había apuntado en la misma dirección, señalando que los aficionados al fútbol en Estados Unidos deben sentirse avergonzados por el caos que rodea al torneo. No habla cualquiera: lo dice alguien que conoce el peso simbólico de un Mundial para un país que busca consolidarse como plaza futbolística de primer nivel.

Gary Lineker también se ha mostrado inquieto. El exdelantero y presentador ha puesto el foco en el clima político y en el coste global del evento, con especial énfasis en el precio de las entradas y el impacto que tiene en la participación de los hinchas de a pie. El Mundial como “el mayor espectáculo del planeta” pierde parte de su esencia si las gradas se llenan más de poder adquisitivo que de pasión popular.

El resultado es un arranque enrarecido. Demasiada burocracia, demasiados titulares alejados del balón. La conversación gira alrededor de visados, controles fronterizos, tarifas y tensiones, mientras el fútbol espera su turno en un segundo plano incómodo.

Entre tanta fricción, la mayoría de los aficionados solo pide una cosa: que empiece a rodar la pelota. Que el primer pitido ahogue, aunque sea por un rato, el eco de los despachos y las polémicas. Que el juego encuentre su propio ritmo y obligue a mirar al césped.

La gran incógnita es si este Mundial será capaz de hacerlo… o si el ruido de fuera terminará marcando el torneo tanto como cualquier gol decisivo.