Celtic celebra su 14º título en 15 temporadas
La hora del móvil marca las 16.47 del 16 de mayo. El lugar, Celtic Park. A unos 70 metros, una figura con gafas, chándal retro y guantes improvisados ocupa la portería: Martin O’Neill.
El técnico de 74 años, teóricamente interino, hace de portero mientras sus nietos le chutan balones torcidos, más ilusión que técnica. La escena es cálida, casi doméstica, y choca con lo que había ocurrido apenas dos horas antes, tal y como revela la fotografía anterior.
A las 14.30, el mismo arco, la misma portería. Allí, Callum Osmand acaba de marcar el tercer gol del Celtic ante Hearts y ha sellado el título de la Scottish Premiership. Estalla el caos. Osmand desaparece bajo una marea de jugadores, empleados y aficionados que saltan al césped, algunos sin camiseta, todos fuera de sí.
A unos metros, el cuadro contrario se desmorona. Jugadores de Hearts de rodillas, otros de pie, manos en la cabeza, derrotados. Después de 66 años sin ganar la liga escocesa, estaban a tres minutos de escribir historia, a tres minutos de lo que 2026 bautizaría como un “momento Mayo”. Entonces apareció Daizen Maeda.
Que el Celtic levantara su 14º título en 15 temporadas no suena a revolución. Pero en un curso agitado por la irrupción inesperada de Hearts en la pelea, el baile de banquillos Rodgers-O’Neill-Nancy-O’Neill y el vagar errático de Rangers, sí lo fue.
En medio de todo, O’Neill. Ante los micrófonos, le preguntan por “cuentos de hadas” y por la posibilidad de completar el doblete en la final de la Scottish Cup contra Dunfermline y Neil Lennon una semana después, día que muchos daban por seguro como su despedida del Celtic.
El detalle incómodo: nunca se escuchó el pitido final entre el delirio de Parkhead. Jugadores de Hearts, rodeados por una celebración en la cara, abandonaron el estadio sin siquiera cambiarse. El club de Glasgow pidió disculpas oficiales al día siguiente, un gesto que muchos ya han borrado de la memoria. Para entonces, O’Neill podía disfrutar del éxito. Dijo que le había dado “una razón para vivir”. Se llegó a hablar de una estatua.
Pero tampoco había sonado el pitido final sobre su carrera en el banquillo del Celtic. Veintiséis días después, el club anunciaba que O’Neill seguía como entrenador, esta vez de forma permanente, con un contrato de un año y opción a otro. La reacción fue una mezcla de asombro, satisfacción y cierta desazón por lo que se percibía como falta de planificación estratégica.
No es novedad: el Celtic es un club y una afición partidos en dos. Por eso O’Neill insistió tanto aquel día ante Hearts en el poder de la unidad.
De la euforia al murmullo
Treinta y siete días más tarde, el Celtic regresó a Parkhead por primera vez desde el título, en un amistoso de pretemporada ante Middlesbrough. En sus notas del programa, O’Neill evocaba aquella tarde “dramática y emocionante”.
El ambiente ya no se parecía en nada. Seguía brillando el sol, O’Neill continuaba en su chándal de siempre, pero apenas unos 6.000 aficionados se acercaron al estadio. Se hablaron de varias razones, entre ellas un evidente desencanto con la dirección del club. Pese a ello, hacía solo tres semanas se había informado de que el 99,5 por ciento de los abonados habían renovado.
También faltaban dos nombres clave. Kelechi Iheanacho, autor del polémico penalti del 90+9 en Motherwell que cambió la temporada tres días antes del duelo con Hearts, se marchó a Bursaspor, en la segunda división turca, en lugar de firmar de nuevo por el Celtic. Maeda, el hombre que rompió el sueño de Hearts, estaba a punto de irse al Ipswich Town.
Brendan Rodgers habrá reconocido el eco de otras salidas: Kyogo Furuhashi, Nicolas Kühn, Adam Idah. Muchos aficionados también lo hicieron, aunque una buena parte entendió por qué el club se plantó ante las exigencias salariales de Iheanacho. Es Glasgow: a la semana siguiente ya circulaba el rumor de que la política de fichajes había dado incluso a O’Neill un motivo para marcharse.
La realidad fue otra. El sábado pasado estaba allí, junto a más de 20.000 personas, en el último amistoso de pretemporada ante AC Milan. También estaba Camilo Duran. Nuevo delantero del Celtic, colombiano, llega desde Qarabag, le marcó al Benfica en la pasada Champions League y dejó un gran gol ante Middlesbrough. Suma tres tantos en tres partidos de pretemporada.
Eso le da a O’Neill algo de tranquilidad. Días después se incorporó otro punta, Kasper Høgh, por unos 13 millones de euros, una cifra cercana a lo ingresado por la salida de Maeda.
Høgh firmó un doblete en la victoria 3-1 de Bodo/Glimt ante Manchester City en la Champions League pasada. Si él y Duran pueden marcar a ese nivel, sobre el papel deberían ser capaces de hacerlo ante Dundee el lunes por la noche y después frente a Kilmarnock, Falkirk, Aberdeen y St Mirren. Son los cinco primeros rivales ligueros del Celtic. Ninguno terminó entre los cinco mejores de Escocia la temporada pasada.
Este arranque amable ofrece margen para mirar de reojo al gran examen: la eliminatoria de clasificación para la Champions League, ida y vuelta, a mediados del próximo mes. El Celtic ya ha tropezado antes en ese peldaño; la eliminación ante Kairat Almaty el año pasado encendió la furia de Rodgers. Vender forma parte del modelo económico del club desde hace tiempo, pero si salidas como la prevista de Arne Engels se equilibran con incorporaciones de nivel, el equipo puede construir un impulso temprano.
Ese optimismo cauteloso queda lejos del pasado octubre y de la “atmósfera tóxica” de la que habló Dermot Desmond. Aun así, el escepticismo del aficionado sobre la gestión del club seguirá ahí mientras la plantilla no demuestre que no solo compite en Europa, sino que puede prosperar.
Conviene recordar que todo esto se escribe un mes antes del cierre del mercado, el 31 de agosto. De momento, Rangers se ha movido más que su gran rival de Glasgow y la sensación es que no puede permitirse otro año tan errático como el anterior.
El nuevo rostro de Rangers y el vacío de Hearts
El entrenador de Hearts aquel 16 de mayo en Parkhead era Derek McInnes. Hoy ya está en Ibrox. El capitán y goleador de Hearts en ese mismo partido, Lawrence Shankland, también ha cambiado Tynecastle por Rangers. Cammy Devlin, mediocentro y mejor jugador de la temporada en Hearts, ha seguido el mismo camino. Un trío granate que llega para aportar la dureza que Rangers echó de menos.
McInnes es el sexto técnico permanente en cinco años y el tercero en apenas 12 meses. Ni Russell Martin ni Danny Röhl lograron convencer. McInnes, exjugador, encaja mejor en el imaginario del club. Pero el dato pesa: tres de las últimas cuatro temporadas terminaron sin títulos. La exigencia es máxima y tendrá que arrancar fuerte, empezando por Tannadice este viernes por la noche.
Su marcha de Hearts abrió la puerta a Wouter Vrancken en Tynecastle. El técnico belga solo lleva dos partidos oficiales y ambos han terminado en derrota ante Sturm Graz en la previa de la Champions League. Se adivina un reto duro para Vrancken y para un Hearts que debe intentar replicar la energía que sedujo a tantos observadores neutrales del fútbol escocés el curso pasado.
Hearts apretó hasta el final. Hasta el 16 de mayo. La fecha se repite: el 16 de mayo de 2027 vuelve a marcar el cierre previsto de la próxima temporada.
Conviene que los nietos de O’Neill la rodeen en rojo en el calendario. Porque en Celtic Park, las historias que parecen tener final escrito rara vez se acaban cuando suena el primer pitido.






