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Arsenal inicia defensa del título con Ødegaard destacado

La Premier League vuelve y, con ella, la sensación de maratón televisivo sin final. Sky Sports ha presumido de 1.500 partidos en directo esta temporada: unas 3.000 horas de balón rodando, 125 días seguidos de fútbol sin levantarse del sofá. Repeticiones, clips, gritos sobre el VAR, tertulias furiosas. Ocho meses de ruido constante.

Para el aficionado de Arsenal, al menos por lo visto en este 3-0 ante Coventry, el viaje promete ser algo menos angustioso. Defender un título nunca es sencillo. Ganarlo tampoco lo fue. La cuestión ahora es distinta: cómo gestionar esa nueva gravedad, cómo seguir ganando sin vivir al borde del colapso cada fin de semana.

Arteta parece haber encontrado la respuesta más simple: ganar la liga… pero ganarla mejor. Hacer estos partidos más rutinarios, menos dramáticos, casi aburridos. Y en el Emirates, en esta puesta de largo, el plan sonó a primera fase cumplida.

Un Arsenal en piloto automático

Dos ideas dominaron la noche. La primera: Arsenal ganó con una comodidad que pocas veces se vio en las dos últimas temporadas. Pareció un equipo en modo demostración, probando el nuevo software, acelerando el motor sin meter la marcha.

La segunda: Martin Ødegaard volvió a parecer Martin Ødegaard. No el jugador mermado, a medias, del curso pasado. El de verdad.

Fueron 75 minutos sobre el césped, 72 toques, 55 pases cortos y precisos, esa sucesión de toques mínimos que rompen líneas sin aspavientos. Sin fichaje galáctico en ataque, buena parte del foco de este Arsenal se ha posado sobre él: recuperar al noruego como faro, como primer defensor, como cerebro.

En su mejor versión, Ødegaard es una máquina de presionar, un especialista en encontrar huecos microscópicos y en deslizar pases que parecen insignificantes hasta que abren el campo. Tiene pinta de joven ejecutivo financiero y pies de niño de fútbol callejero. Esa mezcla volvió a asomar.

El gol más feo… y más importante

Su gol, el tercero de Arsenal, llegó en el minuto 48. En directo pareció casi una broma, un tanto de concurso televisivo ochentero, de esos que se recuerdan por lo raro antes que por lo brillante. Pero la jugada que lo precede sí fue seria.

Ødegaard arrancó la acción desde su zona favorita, justo por detrás de la línea de ataque, tirando de los hilos. Conducción, pausa, un pase retrasado y medido a Ben White, movimiento hacia el espacio libre. El remate, en cambio, rozó lo cómico.

El noruego tiene una forma extraña de golpear el balón a veces, como si se acercara de lado y conectara con el empeine en un ángulo improbable, un golpe seco y algo torcido. Esta vez, prácticamente falló el disparo delante de portería. Aun así, la pelota salió flotando hacia la izquierda de Carl Rushworth, que se estiró desesperado, manoteando al aire como un gato persiguiendo una sombra en la pared.

Ødegaard se echó a reír mientras celebraba. Pero la sonrisa escondía algo serio: era su primer gol en el Emirates desde diciembre. Pesaba. Y a su alrededor, durante todo el partido, se vio algo aún más prometedor: la vieja sociedad con Bukayo Saka empezaba a encenderse de nuevo.

Justo antes del descanso, ambos se buscaron y se encontraron en una pared interminable, seis o siete toques de ida y vuelta, hasta que abrieron el espacio para que Declan Rice rozara el 2-0 con un disparo cruzado. Fue un destello de tiempos recientes: dos futbolistas que no solo se entienden, sino que disfrutan jugando juntos, algo poco habitual en la élite, donde todo tiende a la ejecución fría.

Clásico aroma de Premier, dominio moderno

El norte de Londres ofrecía un aire fresco y algo frío al inicio. El duelo Arsenal-Coventry desprendía ese aroma de “Classic Barclays”: recuerdos de delanteros corriendo a los canales, gráficos chillones en la pantalla, comentaristas bronceados de agosto con americana imposible.

En la banda, Frank Lampard y Mikel Arteta compartían casi uniforme: pantalón negro, jersey negro de cuello alto, zapatillas negras con suela blanca. Parecían el equipo de avance de un retiro corporativo de élite.

El 1-0 llegó en el minuto 15, una jugada de tres toques de alta gama. Christos Tzolis robó la pelota con una entrada limpia a Milan van Ewijk en la banda derecha y se la cedió a Riccardo Calafiori. El central avanzó y lanzó un pase tenso, raso, a través del borde del área hacia Kai Havertz. El alemán remató de primeras con la zurda, una volea tan relajada que uno casi podía imaginarlo jugando con zapatillas de estar por casa de cuero.

Poco después llegó el 2-0. Coventry se vio superado por algo más rápido, más fluido, más afinado de lo que muchos de sus jugadores habrán enfrentado jamás. Rice rompió líneas con una conducción poderosa, marcando el ritmo de la jugada. Pero de nuevo fue Ødegaard quien dio el toque clave: un pase corto, casi invisible, que liberó el movimiento hacia la banda y abrió el ángulo para el centro definitivo.

Ahí está su verdadero oficio: el pase que permite el pase final, el lubricante que hace girar la máquina, el WD-40 del juego de posición de Arsenal.

Si este fue solo el modo demo, ¿qué aspecto tendrá el campeón cuando decida pisar a fondo de verdad?